Hay cinco justicias para los cinco sentidos del hombre:
La justicia ciega es la que golpea el futuro con el látigo
del pasado y castiga al hijo por la culpa del Padre.
La justicia sorda que quiere hacer del tirano un eco del
Poder y del rico ignorante una copia del sabio.
La justicia muda que sin hablar, inclina el pulgar hacia
abajo, para matar al caído y extinguir al débil.
La justicia constipada que huele la hipocresía y la llama
diplomacia; a la debilidad la llama suavidad.
Y por último, la justicia sin tacto que encadena al mundo
moderno con las leyes del antiguo.
La justicia es hija del dolor: sólo puede administrarla
aquél que se baña diariamente con la sangre del corazón.
La justicia es río de la vida: sólo puede contemplarla
aquél que yace sentado en la orilla de la Eternidad.
Los legisladores no oyen el grito del miserable porque
sus oídos están ensordecidos por el ruido de las leyes; solo el
dolorido, el crucificado por la culpa ajena, puede formar de
su cruz una balanza justa y fiel.
El hombre que yace en la luz negra, no puede ver a la
justicia sentada en la oscuridad luminosa.
Aquel que no suspira con el afligido, no puede oír el
grito de sus entrañas.
Aquél que no llora con el infeliz no puede lavar con las
propias lágrimas sus heridas.
Aquél que no derrama sus lágrimas sobre la culpa del
malvado y por el error del felón, no puede reírse con la
aurora, ni alegrarse con el nacimiento de la flor.
Quien se ríe de la culpa ajena, encadena más su alma a
la tierra, y aquel que llora por el error del prójimo, se acerca
con él a Dios.
La justicia no consiste en eliminar al que ha errado: La
justicia consiste en borrar nuestro error de la mente de nuestra
víctima.
Nuestros mismos yerros desprendidos de nuestro ser, to-
marán por blanco la mente de otro YO nuestro.