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un mensaje especial para sus hijas -dijo la señora March acariciando el
bolsillo como si tuviera en él un tesoro.
-Coman rápido. No te detengas para dar vueltas al dedo meñique
y comer con afectación, Amy -gritó Jo, ahogándose al beber el té y
dejando el pedazo de pan, que cayó sobre la alfombra por el lado de la
mantequilla; muy excitada por la sorpresa. Beth no comió más, yendo a
sentarse en un rincón oscuro para soñar con el placer venidero hasta
que las otras estuviesen listas.
-Creo que papá hizo una cosa magnífica marchando como capellán
cuando era demasiado viejo para alistarse y no bastante fuerte para ser
soldado -dijo Meg animosa.
-Yo quisiera ir de tamborcillo, o de cantinero, o de enfermera, pa-
ra estar cerca y ayudarle -exclamó Jo, suspirando.
-Debe ser muy desagradable dormir en una tienda de campaña y
comer toda clase de cosas que tienen mal gusto y beber en una lata
-murmuró Amy
-¿Cuándo volverá, mamá? -preguntó Beth, con voz temblorosa.
-No por mucho tiempo, querida mía, a menos que esté enfermo.
Quedará para hacer fielmente su trabajo mientras pueda, y no le pedi-
remos que vuelva un minuto antes de que puedan pasarse sin él. Ahora,
oigan lo que dice la carta.
Todas se acercaron al fuego, la madre en la butaca, Beth a sus
pies, Meg y Amy sentadas sobre los brazos de la silla y Jo apoyándose
en el respaldo, de manera que nadie pudiera ver ninguna señal de emo-
ción si la carta tenía algo conmovedor.
En aquel tiempo duro se escribían muy pocas cartas que no con-
movieran, especialmente entre las enviadas a casa de los padres. En esta
carta se decía poco de las molestias sufridas, de los peligros afrontados
o de la nostalgia a la cual había que sobreponerse; era una carta alegre,
llena de descripciones de la vida del soldado, de las marchas y de noti-
cias militares; y sólo hacia el final el autor de la carta dejó brotar el
amor paternal de su corazón y su deseo de ver a las niñas que había
dejado en casa.