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CAPITULO 4
CARGAS
-¡Ay de mí! ¡Qué difícil se hace tomar las bolsas y echar a andar!
-suspiró Meg la mañana después del baile. Habían terminado las vaca-
ciones, y una semana de diversión no resultaba lo más adecuado para
continuar el trabajo, que nunca le había gustado.
-Me gustaría que fuese Navidad o Año Nuevo siempre. ¡Qué di-
vertido! -respondió Jo, bostezando tristemente.
-No nos divertiríamos ni la mitad que ahora. Pero parece tan agra-
dable tener cenas especiales y recibir ramilletes, ir a bailes, volver a casa
en coche, y leer y descansar, y no trabajar. Es vivir como la gente rica, y
siempre envidio a las chicas que lo pueden hacer; ¡me gusta tanto el
lujo! -dijo Meg, tratando de decidir entre dos trajes gastados cuál era el
menos deslucido.
- Bueno, no podemos tenerlo; así que de nada vale quejarse;
echemos al hombro la carga y andemos tan alegremente como mamá.
Estoy segura de que la tía March es un fardo del cual uno no puede
deshacerse, pero supongo que cuando haya aprendido a llevarlo sin
quejarme se me caerá de los hombros, o se hará tan ligero que no me
molestará.
Esta comparación hizo tanta gracia a Jo, que la puso de buen hu-
mor; Meg no se animó, porque su carga consistía en cuatro niños mi-
mados y le parecía más pesada que nunca. No tenía gusto ni para
arreglarse, como de costumbre.
-¿Dé qué sirve estar bien, cuando nadie me ve, fuera de esos chi-
quillos, y a nadie le importa que sea bonita o fea? -murmuró, cerrando
de golpe el cajón de la cómoda -. Tendré que trabajar y trabajar toda mi
vida, con unos ratitos de diversión de vez en cuando, y hacerme vieja;
fea y agria, porque soy pobre y no puedo gozar de la vida como otras
muchachas. ¡Qué desgracia!
Con este ánimo bajó Meg a desayunarse, con cara lastimera y un
humor de perros. Todas parecían disgustadas y dispuestas a quejarse.