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Mujercitas
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sobre las amarillentas teclas cuando estaba sola. Mientras trabajaba
cantaba como una alondra; nunca estaba demasiado cansada para tocar
el piano con el objeto de distraer a su madre o a las chicas, y día tras día
se decía a sí misma, llena de esperanza: "Yo sé que obtendré mi música
alguna vez si soy buena.”
En el mundo hay muchísimas Beth, tímidas y tranquilas, sentadas
en rincones hasta que alguien las necesita y que viven para los demás
tan alegremente, que nadie se da cuenta de los sacrificios que hacen
hasta que el grillo del hogar cesa de chirriar y desaparece el dulce rayo
de sol, dejando atrás silencio y sombra.
Si alguien hubiera preguntado a Amy cuál era la pena más grande
de su vida, hubiera respondido en seguida: "mi nariz". Cuando era muy
pequeña, Jo la había dejado caer en el cajón del carbón, y Amy insistía
que la caída había arruinado para siempre su nariz. Le había quedado
algo chata, y por más que se la estiraba no podía darle una punta aristo-
crática. Nadie hacía caso de eso fuera de ella, y la nariz hacía por su
parte todo lo posible por crecer, pero Amy lamentaba la falta de una
nariz griega y dibujaba horas enteras narices bellas para consolarse.
“El pequeño Rafael”, como la llamaban sus hermanas, tenía verda-
dero talento para dibujar, y nunca era tan feliz como cuando copiaba
flores, diseñaba hadas o ilustraba cuentos. Sus maestros se quejaban de
que en lugar de hacer sus cálculos cubría de animalitos su pizarra; las
páginas blancas de su atlas estaban llenas de copias de mapas y de sus
libros salían volando, en los momentos menos oportunos, caricaturas
sumamente cómicas. Estudiaba sus lecciones tan bien como era posible,
y su buen comportamiento la libraba de muchas reprensiones. Sus com-
pañeros la querían mucho por su buen carácter y por el arte que tenía
de agradar sin dificultad; sus aires, sus gracias, eran muy admirados, y
su talento también; porque, además de dibujar, podía tocar doce tona-
das, hacer ganchillo y leer el francés sin pronunciar mal más que las dos
terceras partes de las palabras. Tenía una lúgubre manera de decir:
"cuando papá era rico hacíamos tal o cual cosa", que conmovía a cual-