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Louisa May Alcott
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cuatro sin escatimarlos; yo tenía todas mis hijas para consolarme en
casa y su último hijo lo esperaba, separado por larga distancia, quizá
para decirle “adiós” para siempre. Me sentí tan feliz y rica pensando en
mi fortuna, que le hice un buen paquete, le di algún dinero y le agradecí
la lección que me había dado.
-Cuéntanos otra historia, mamá; una historia con moraleja, como
ésta. Me gusta pensar en ellas después, si son verdaderas y no muy
pedagógicas -dijo Jo, después de un corto silencio.
La señora March sonrió y comenzó enseguida, porque había con-
tado historias a aquel auditorio durante muchos años y sabía cómo
complacerlo.
-Había una vez cuatro chicas que tenían lo bastante para comer y
vestirse, no pocas comodidades y placeres, buenos amigos, benévolos
padres que las amaban tiernamente y todavía no estaban contentas. (Al
llegar aquí, las oyentes se miraron a hurtadillas y se pusieron a coser
diligentemente.) Estas chicas deseaban ser buenas y tomaron excelentes
resoluciones; pero por una cosa o por otra, no lograban cumplirlas muy
bien, y con frecuencia decían: “¡Si tuviéramos tal o cual cosa!” o "¡si
pudiéramos hacer esto o aquello!", olvidando completamente cuánto
tenían ya y cuántas cosas agradables podían ya hacer. Fueron y pre-
guntaron a una vieja qué métodos podrían usar para ser felices, y ella
les dijo: “Cuando se sientan descontentas, piensen en lo que poseen y
estén agradecidas." (Aquí Jo levantó la cabeza, como si fuera a hablar,
pero no lo hizo, al notar que la historia no había terminado.) Como eran
chicas razonables, decidieron seguir el consejo, y quedaron sorprendi-
das al ver lo ricas que eran. Una descubrió que el dinero no podía evitar
que la vergüenza y la tristeza entraran en las casas de los ricos; otra,
que, aunque pobre, era mucho más feliz con su juventud, salud y buen
humor, que cierta señora, vieja y descontentadiza, que no sabía gozar
de sus comodidades; una tercera, que desagradable como era trabajar
en la cocina, era más desagradable tener que pedirlo como una limosna,
y la cuarta, que las sortijas de cornalina no eran tan valiosas como la
buena conducta. Así, convinieron en dejar de quejarse, gozar de lo que