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A los ojos de Jo era un palacio encantado, lleno de placeres y es-
plendores, que nadie disfrutaba. Por mucho tiempo había deseado con-
templar aquellas glorias escondidas y tratar al muchacho Laurence, que
parecía desear aquella amistad, aunque no sabía cómo entablarla. Desde
el baile había tenido aún más interés en tratarlo y había imaginado va-
rios modos de entrar en conversación con él; pero no lo había visto por
aquellos días y Jo ya empezaba a creer que se habría marchado, cuando
un día, en una ventana del piso alto, vio una cara morena mirando con
nostalgia al jardín de ellas, donde Beth y Amy se arrojaban bolas de
nieve.
"Ese muchacho sufre por falta de compañía y diversión -se dijo -.
Su abuelo no sabe lo que le conviene y lo tiene encerrado siempre solo.
Necesita la compañía de chicos alegres que jueguen con él, o por lo
menos de alguien que sea joven y animado. Ganas me dan de pasar y
decírselo así al viejo caballero.”
Aficionada a las aventuras, la idea le encantaba, y aunque sus ac-
ciones escandalizaran a Meg, no echó al olvido el plan de “pasar” a la
casa vecina, y cuando llegó la tarde de la nevada, Jo estaba lista para
intentarlo. Vio salir en coche al señor Laurence, y entonces se puso a
abrir un sendero hasta el seto, donde se paró para hacer un reconoci-
miento. Todo estaba tranquilo; no se veían criados; en una ventana del
piso alto, una cabeza de pelo rizado y negro, apoyada sobre una mano
delgada, era la única señal de vida.
"Allá está -pensó Jo -. ¡Pobre chico! ¡Completamente solo y en-
fermo en un día tan triste! ¡Qué lástima! Arrojaré una bola de nieve y
cuando mire le diré algo para animarlo.”
Allá fue la pelota de nieve y al momento el chico volvió la cabeza,
mostrando una cara que perdió su aspecto de tristeza, con ojos que se
alegraban y labios que sonreían. Jo hizo una señal, rió y agitó la escoba
mientras gritaba:
-¿Cómo está usted? ¿Está enfermo?
Abrió la ventana Laurie y gritó, ronco como un cuervo: