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desear. Pero a pesar de los diablillos rojos, de los duendes chispeantes,
de los príncipes y princesas magníficos la diversión de Jo tenía una nota
amarga. El pelo rubio de la reina de las hadas le recordó a Amy, y en
los entreactos no podía dejar de pensar qué haría su hermana para ha-
cerle "sentir" lo ocurrido. Ella y Amy habían tenido en el curso de sus
vidas muchas peleítas, porque ambas poseían carácter fuerte y se enoja-
ban con facilidad, aunque luego se avergonzaban de su proceder. Aun-
que era mayor, a Jo le era más difícil dominarse y poner freno a su
carácter ardiente. Su enojo nunca duraba largo tiempo, y después de
confesar su falta se arrepentía sinceramente, y procuraba corregirse. Sus
hermanas decían que les gustaba ver a Jo enfadada, porque después era
un verdadero ángel. La pobre Jo trataba desesperadamente de ser bue-
na, pero su enemigo interior estaba siempre listo para inflamarse y ven-
cerla, y necesitó años de esfuerzos pacientes para dominarlo.
Cuando llegaron a casa encontraron a Amy leyendo en la sala. Ella
adoptó aires de ofendida al entrar las hermanas, sin levantar los ojos de
su libro ni hacer una pregunta. Quizá la curiosidad hubiese vencido el
resentimiento si Beth hubiera estado allí para hacer preguntas y obtener
una descripción brillante de la pieza. Al quitarse el sombrero Jo echó
una mirada a la cómoda, porque en su última riña Amy había desahoga-
do su rabia volcando el cajón de Jo sobre el suelo. Pero todo estaba en
su sitio, y después de echar una rápida mirada a sus varios cajones y
bolsos, Jo dedujo que Amy había olvidado y perdonado las ofensas. En
eso se engañó, porque al día siguiente hizo un descubrimiento que le-
vantó una borrasca. Hacia el atardecer, Meg, Beth y Amy estaban jun-
tas, cuando Jo entró precipitadamente en el cuarto muy excitada y
preguntó sin aliento:
-¿Quién ha quitado de su sitio mi libro de cuentos?
Meg y Beth contestaron al punto que ellas no lo habían tocado.
Amy atizó el fuego y no dijo nada. Jo la vio ponerse colorada y se aba-
lanzó sobre ella.
-¡Amy, tú lo tienes!
-No; no lo tengo.