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que suele llevar en las manos cuando el dolor de las articulaciones
se pone insoportable, y con sus dedos tiesos como garras de
águila, cogió un lápiz y dibujó con maravillosa facilidad una ninfa
gordinflona sobre una servilleta de papel. Así sería mi futuro si no
hiciera dieta, admití sonrojándome. Enseguida vi surgir de su lápiz a
un sátiro galopante y no hubo necesidad de explicar que, a pesar
de la enfermedad que le ha torcido el esqueleto, así se siente él
por dentro. De este modo nacieron sobre aquella servilleta de
papel los personajes que habrían de convertirse en protagonistas
de estas páginas: las ninfas determinadas y los sátiros traviesos.
—Por qué tengo estas pesadillas, Robert? Llevo medio siglo
toreando a los demonios de la carne y los del chocolate.
—Tengo malas noticias, querida. A los setenta y dos yo sigo en lo
mismo. La tentación sigue, pero la ejecución falla —replicó.
De allí la conversación derivó naturalmente hacia el tema de los
afrodisíacos, mientras bebíamos otro capuccino y nos burlábamos
de mis camisas de dormir transparentes, que cada día resultan
menos efectivas para apartar a mi marido de la computadora, y
de las piernas de Robert, que ya no sirven para perseguir mujeres...
y tampoco para escapar de ellas. "A fin de cuentas, todo es sexo",
suspiró Robert, melancólico. Al hablar de afrodisíacos, mi amigo
echó mano a sus conocimientos de medicina y comenzó a
elaborar una lista de memoria, pero yo, algo más moderna, recurrí
al archivo de la librería para buscar textos sobre el asunto.
Descubrimos que hay menos información de lo esperado y lo
atribuimos a que en este fin de milenio la gente ya no jadea en
batallas de amor, prefiere hacerlo en un gimnasio. Pero ésa es una
conclusión precipitada, en realidad sigue existiendo el mismo
interés por los afrodisíacos que distinguía a los cocineros de
Lucrecia Borgia, cuya fama de envenenadora, dicho sea de paso,
ha opacado injustamente sus cualidades de gran anfitriona.
Apenas Robert y yo comenzamos a indagar entre los amigos y
conocidos, nos enfrentamos con una avalancha de consejos. Todo
el mundo quería meter mano en el tema y probar las recetas. Más
tarde, cuando echamos a andar el proyecto, sobraron voluntarios
para devorar los guisos de Panchita con rigor de militantes.