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lujuria y la gula, aumentando así de modo significativo el número
de almas en el Paraíso. Pero la naturaleza nos ha dotado —o nos
ha maldito— con un cerebro insaciable, capaz de imaginar no sólo
toda suerte de guisados estupendos y variantes amorosas, sino
también las culpas y castigos correspondientes. Desde que los
primeros humanos pusieron sobre las brasas un cadáver de cuervo
o de rata y luego celebraron aquel ágape con alegres
fornicaciones, la relación entre comida y sexo ha sido un tema
constante en todas las culturas. No sabemos si también es así entre
los animales, pero observando a los mapaches que roban el
alimento de mi gato, he notado que en las noches de luna llena
aúllan en los tejados imitando los gritos de amor de los felinos del
vecindario. Algo tienen esas latas de repugnante pasta de
pescado que alborota las intenciones de gatos y mapaches por
igual.
Los afrodisíacos son el puente entre gula y lujuria. En un mundo per-
fecto, supongo que cualquier alimento natural, sano, fresco,
atractivo a la vista, sabroso y liviano —es decir, las mismas virtudes
que uno desea en su pareja— sería afrodisíaco, pero la realidad es
bastante más enrevesada. En la búsqueda incansable de
fortalecer el frágil miembro masculino y curar la indiferencia de las
mujeres distraídas, se llega al extremo de tragar polvo de
cucarachas. El estudio de las virtudes estimulantes de los alimentos
es tan antiguo que se pierde en la noche de civilizaciones enterra-
das desde hace siglos. Muchas recetas desaparecieron en los
vericuetos de la historia, pero algunas han perdurado en la
tradición oral. Hace más de dos mil años, hubo un monje taoista en
China, cuya esposa transitó por esta vida afinando su espíritu y su
don de sanadora mediante la práctica amorosa con innumerables
voluntarios, en tanto su marido tomaba nota de aquellas
maratones y perfeccionaba una dieta para preservar en su inte-
gridad la salud, provocar sueños cristalinos y acrecentar la alegría
genital de su mujer. Ella siguió la dieta al pie de la letra, con eximios
resultados. El monje fue también autor de un elixir venenoso a base
de mercurio, que al ser ingerido después de una vida de
meditación y hierbas, iluminaba la mente y enviaba al espíritu en