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en la mejor pastelería de los alrededores, le quito los adornos, la
paso a un plato de nuestra vajilla y luego doy dos vueltas a la
mesa del comedor saltando, hasta que se desmaye lo suficiente
como para parecer preparada en casa. Las tortas compradas,
como los peinados de peluquería, tienen el sello indisimulable de la
mano profesional, pero después de agitarlos con brincos vigorosos
ambos descienden al plano de las chapucerías domésticas.
Le dije a Jason que saliera en busca de comida exótica, pero no
tanto como para que resultara sospechosa. La comida china, por
ejemplo, es indisimulable. Nadie en su sano juicio pensaría que mi
hijastro es capaz de preparar wanton o lumpias, pero un plato
árabe, de esos que parecen masticados, puede pasar la prueba,
sobre todo si al invitar a la chica anuncia que cocinará para ella
con ingredientes afrodisíacos. Una vez fuera de su envoltorio, el
falafel o el shish kebab pierden prestancia y se adaptan dócil-
mente a su nueva situación. Le conté de Hannah y su nuevo
marido y le sugerí que decorara la mesa, pusiera buena música y,
cuando ella tocara el timbre abriera la puerta con la cacerola en
una mano y el cucharón en la otra —la primera impresión suele ser
definitiva—, que la instalara en una silla con un vaso de vino bien
helado y, mientras él fingía cocinar, le hiciera preguntas para
distraerla. Le recordé que se quitara primero los zapatos, como los
budistas en California, y enseguida se desabotonara la camisa,
para mostrar los músculos; de algo ha de servirle tanto levantar
pesas. A diferencia de los hombres, que piensan sólo en el objetivo,
las mujeres nos inclinamos hacia los rituales y procesos. Debí
explicar a Jason que esa ceremonia previa, aunque fuera un acto
de ilusionismo, era seguramente tan excitante para la joven como
todas sus acrobacias eróticas posteriores. No la apures, le supliqué,
saborea con ella el aroma de las velas, la delicadeza de las flores,
cada sorbo de vino y bocado de la comida; habla poco y finge
prestar atención a lo que ella dice. A ninguna mujer le interesa
realmente lo que hablan los hombres, sólo lo que murmuran. Baila
con ella, así puedes abrazarla sin aparecer como un gorila en celo
y, cuando creas que ha llegado el momento de conducirla a una
posición más cómoda, espera. Y sigue esperando un buen rato