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amante le rogó que le diera una dosis fatal para pagar así todos
sus crímenes contra ella. La dama, viendo al cortesano vencido en
sus brazos, se apiadó de su tormento y puso una gota de acónito
en su lengua impaciente. Y así murió el amante infiel, desnudo y
aliviado, y desde la muerte del mismísimo Príncipe luminoso no
hubo otro cuerpo tan fragante en su funeral. —
The Pillow Boy of the
Lady Onogoro, recopilado y traducido al inglés por Alison Fell y Ayre Blower
A primera vista
Lola Montez (1821-1861), la célebre cortesana a cuyos pies dejaron
fortunas reyes coronados y banqueros, inventó una sui generis
danza de la tarántula con la cual podía enloquecer de ansiedad y
deseo a los espectadores. Se hacía pasar por una aristocrática
bailarina española, aunque de danza nada sabía y de española
nada tenía, pero lo que le faltaba en talento y sangre, lo suplía
con desparpajo. Con la furia de sus castañuelas, el ímpetu de sus
zapateos y el embrujo de sus mentiras, creó su propia leyenda.
(¿Por qué me identifico con esta señora?) En privado, Lola Montez
solía usar los arrebatos de la tarántula como pretexto para
despojarse de sus velos, sin embargo no cometía el error de
desnudarse completamente; prefería lucir sus encantos entre