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buffet de arroz y varias clases de curry
en tonos de azafrán; incluso
el postre —delicioso mango flambeado— era de ese color.
Con el pretexto de destruir las bacterias, en Sudamérica los
vegetales se cocinaban hasta reducirlos a mustias sombras de sí
mismos. Recién en los últimos años, por influencia de la cocina
extranjera, que enfatiza el sabor, la textura y las vitaminas,
comienzan a servirse crocantes. Hay alimentos tan bellos que no se
requiere talento para presentarlos con altivez, pero otros necesitan
ayuda: un trozo de hígado o un atado de tripas exigen arte para
disimular su aspecto. Las ostras, esas seductoras lágrimas del mar,
que se prestan para deslizarlas de boca a boca como besos
prolongados, vienen en conchas duras de abrir. También se
consiguen en frascos, pero parecen muestras de tumores malignos,
en cambio en las conchas, húmedas y turgentes, sugieren
delicadas vulvas. Es un buen ejemplo de la comida que entra por
la vista. Desde que comenzó a interesarme la cocina, intenté imitar
el genio de mi madre, pero mis platos, aunque sabrosos, siempre
parecían rescatados de las fauces del perro. Me ha costado años
aprender a presentarlos con cierta gracia.
Prefiero los alimentos en su estado natural y así también me gustan
los varones. Desconfío de adornos innecesarios, de los hombres
con cadenas de oro, bigotes relamidos y uñas con barniz, tanto
como del pollo sofocado por una salsa impenetrable o pétalos de
flores navegando en la sopa, pero de vez en cuando es divertido
innovar: espárragos largos y firmes con dos papas nuevas en la
base, dos mitades de durazno con pezones de frambuesa en un
lecho de crema chantilly. Recomiendo para los enamorados
dispuestos a perder tiempo en estos detalles, abastecerse de velas
en forma de manzana, corazón o Cupido, mantel largo de
suntuoso satén,' vajilla evocativa (tengo una con dibujos de los
frescos eróticos de Pompeya). En la misma tienda pornográfica de
San Francisco donde compré libros al peso, encontré unas
horripilantes copas rojas en forma de zapatos femeninos con
tacones de estilete. No pude resistirlas. En ellas suelo servir cócteles
que insinúan deleites eróticos sólo por el chiste del envase. Poseo
también un molde en forma de Venus para preparar aspic en las