-Qué tremendo chasco se llevarán estas buenas personas si en vez de irme al cielo
acabo cocinándome en las pailas del infierno... -comentó la moribunda, cuando por fin
pude cerrar la puerta para que descansara un poco.
-Si eso ocurre allá arriba, aquí abajo nadie lo sabrá, Clarisa.
-Mejor así. Desde el amanecer del viernes se congregó una muchedumbre en la calle y
a duras penas sus hijos lograron impedir el desborde de creyentes dispuestos a
llevarse cualquier reliquia, desde trozos de papel de las paredes hasta la escasa ropa
de la santa. Clarisa decaía a ojos vista y por primera vez dio señales de tomar en serio
su propia muerte. A eso de las diez se detuvo frente a la casa un automóvil azul con
placas del Congreso. El chófer ayudó a descender del asiento trasero a un anciano, que
la multitud reconoció de inmediato. Era don Diego Cienfuegos, convertido en prócer
después de tantas décadas de servicio en la vida pública. Los hijos de Clarisa salieron a
recibirlo y lo acompañaron en su penoso ascenso hasta el segundo piso. Al verlo en el
umbral de la puerta, Clarisa se animó, volvieron el rubor a sus mejillas y el brillo a sus
ojos.
-Por favor, saca a todo el mundo de la pieza y déjanos solos -me sopló al oído.
Veinte minutos más tarde se abrió la puerta.y don Diego Cienfuegos salió arrastrando
los pies, con los ojos aguados, maltrecho y tullido, pero sonriendo. Los hijos de Clarisa,
que lo esperaban en el pasillo, lo tomaron de nuevo por los brazos para ayudarlo y
entonces, al verlos juntos, confirmé algo que ya había notado antes. Esos tres
hombres tenían el mismo porte y perfil, la misma pausada seguridad, los mismos ojos
sabios y manos firmes.