Amadeo Peralta.
-Porque se me dio la gana -replicó él calmadamente. Para entonces ya tenía ochenta
años y estaba tan lúcido como siempre, pero no comprendía aquel alboroto tardío por
algo ocurrido tanto tiempo atrás.
No estaba dispuesto a dar explicaciones. Era hombre de palabra autoritaria, patriarca y
bisabuelo, nadie se atrevía a mirarlo a los ojos y hasta los curas lo saludaban con la
cabeza inclinada. En su larga vida acrecentó la fortuna heredada de su padre, se
adueñó de todas las tierras desde las ruinas del fuerte español hasta los límites del
Estado y después se lanzó a una carrera política que lo convirtió en el cacique más
poderoso de la zona. Se casó con la hija fea del hacendado, con ella tuvo nueve
descendientes legítimos y con otras mujeres engendró un número impreciso de
bastardos, sin guardar recuerdos de ninguna porque tenía el corazón definitivamente
mutilado para el amor. A la única que no pudo descartar del todo fue a Hortensia,
porque se le quedó pegada en la conciencia como una persistente pesadilla. Después
del breve encuentro con ella entre las yerbas de un terreno baldío, regresó a su casa,
su trabajo y su desabrida novia de familia honorable. Fue Hortensia quien lo buscó
hasta encontrarlo, fue ella quien se le atravesó por delante y se aferró a su camisa con
una aterradora sumisión de esclava. Vaya lío, pensó él entonces, yo a punto de
casarme con pompa y fanfarria y esta niña desquiciada se me cruza en el camino.
Quiso deshacerse de ella, pero al verla con su vestido amarillo y sus ojos suplicantes le
pareció un desperdicio no aprovechar la oportunidad y decidió esconderla mientras se
le ocurría alguna solución.
Y así, casi por descuido, Hortensia fue a parar al sótano del antiguo ingenio de azúcar
de los Peralta, donde permaneció enterrada durante toda su vida. Era un recinto
amplio, húmedo, oscuro, asfixiante en verano y frío en algunas noches de la
temporada seca, amoblado con unos cuantos trastos y un jergón. Amadeo Peralta no
se dio tiempo para acomodarla mejor, a pesar de que algunas veces acarició la
fantasía de convertir a la muchacha en una concubina de cuentos orientales, envuelta
en tules leves y rodeada de plumas de pavo real, cenefas de brocado, lámparas de