Un día llegó un grupo de hombres pálidos a nuestra aldea. Cazaban con pólvora, desde
lejos, sin destreza ni valor, eran incapaces de trepar a un árbol o de clavar un pez con
una lanza en el agua, apenas podían moverse en la selva, siempre enredados en sus
mochilas, sus armas y hasta en sus propios pies. No se vestían de aire, como nosotros,
sino que tenían unas ropas empapadas y hediondas, eran sucios y no conocían las
reglas de la decencia, pero estaban empeñados en hablarnos de sus conocimientos y
de sus dioses. Los comparamos con lo que nos habían contado sobre los blancos y
comprobamos la verdad de esos chismes. Pronto nos enteramos que éstos no eran
misioneros, soldados ni recolectores de caucho, estaban locos, querían la tierra y
llevarse la madera, también buscaban piedras. Les explicamos que la selva no se
puede cargar a la espalda y transportar como un pájaro muerto, pero no quisieron
escuchar razones. Se instalaron cerca de nuestra aldea. Cada uno de ellos era como un
viento de catástrofe, destruía a su paso todo lo que tocaba, dejaba un rastro de
desperdicio, molestaba a los animales y a las personas. Al principio cumplimos con las
reglas de la cortesía y les dimos el gusto, porque eran nuestros huéspedes, pero ellos
no estaban satisfechos con nada, siempre querían más, hasta que, cansados de esos
juegos, iniciamos la guerra con todas las ceremonias habituales. No son buenos
guerreros, se asustan con facilidad y tienen los huesos blandos. No resistieron los
garrotazos que les dimos en la cabeza. Después de eso abandonamos la aldea y nos
fuimos hacia el este, donde el bosque es impenetrable, viajando grandes trechos por
las copas de los árboles para que no nos alcanzaran sus compañeros. Nos había
llegado la noticia de que son vengativos y que por cada uno de ellos que muere,
aunque sea en una batalla limpia, son capaces de eliminar a toda una tribu incluyendo
a los niños. Descubrimos un lugar donde establecer otra aldea. No era tan bueno, las
mujeres debían caminar horas para buscar agua limpia, pero allí nos quedamos porque
creímos que nadie nos buscaría tan lejos. Al cabo de un año, en una ocasión en que
tuve que alejarme mucho siguiendo la pista de un puma, me acerqué demasiado a un
campamento de soldados. Yo estaba fatigado y no había comido en varios días, por
eso mi entendimiento estaba aturdido. En vez de dar media vuelta cuando percibí la
presencia de los soldados extranjeros, me eché a descansar. Me cogieron los soldados.
Sin embargo no mencionaron los garrotazos propinados a los otros, en realidad no me
preguntaron nada, tal vez no conocían a esas personas o no sabían que yo soy
Walimai. Me llevaron a trabajar con los caucheros, donde había muchos hombres de
otras tribus, a quienes habían vestido con pantalones y obligaban a trabajar, sin
considerar para nada sus deseos. El caucho requiere mucha dedicación y no había
suficiente gente por esos lados, por eso debían traernos a la fuerza. Ése fue un período