eco, su alma estaba muy débil y no podía contestarme. En cuclillas a su lado le di de
beber un poco de agua y la hablé en la lengua de mi madre. Ella abrió los ojos y miró
largamente. Comprendí.
Antes que nada me lavé sin malgastar el agua limpia. Me eché un buen sorbo a la boca
y lo lancé en chorros finos contra mis manos, que f roté bien y luego empapé para
limpiarme la cara. Hice lo mismo con ella, para quitarle el rocío de los hombres. Me
saqué los pantalones que me había dado el capataz. De la cuerda que me rodeaba la
cintura colgaban mis palos para hacer fuego, algunas puntas de flechas, mi rollo de
tabaco, mi cuchillo de madera con un diente de rata en la punta y una bolsa de cuero
bien firme, donde tenía un poco de curare. Puse un poco de esa pasta en la punta de
mi cuchillo, me incliné sobre la mujer y con el instrumento envenenado le abrí un corte
en el cuello. La vida es un regalo de los dioses. El cazador mata para alimentar a su
familia, él procura no probar la carne de su presa y prefiere la que otro cazador le
ofrece. A veces, por desgracia, un hombre mata a otro en la guerra, pero jamás puede
hacer dañó a una mujer o a un niño. Ella me miró con grandes ojos, amarillos como la
miel, y me parece que intentó sonreír agradecida. Por ella yo había violado el primer
tabú de los Hijos de la Luna y tendría que pagar mi vergüenza con muchos trabajos de
expiación. Acerqué mi oreja a su boca y ella murmuró su nombre. Lo repetí dos veces
en mi mente para estar bien seguro pero sin pronunciarlo en alta voz, porque no se
debe mentar a los muertos para no perturbar su paz, y ella ya lo estaba, aunque
todavía palpitara su corazón. Pronto vi que se le paralizaban los músculos del vientre,
del pecho y de los miembros, perdió el aliento, cambió de color, se le escapó un
suspiro y su cuerpo se murió sin luchar, como mueren las criaturas pequeñas.
De inmediato sentí que el espíritu se le salía por las narices y se introducía en mí,
aferrándose a mi esternón. Todo el peso de ella cayó sobre mí y tuve que hacer un
esfuerzo para ponerme de pie, me movía con torpeza, como si estuviera bajo el agua.
Doblé su cuerpo en la posición del descanso último, con las rodillas tocando el mentón,
la até con las cuerdas del petate, hice una pila con los restos de la paja y usé mis palos
para hacer fuego. Cuando vi que la hoguera ardía segura, salí lentamente de la choza,
trepé el cerco del campamento con mucha dificultad, porque ella me arrastraba hacia
abajo, y me dirigí al bosque. Había alcanzado los primeros árboles cuando escuché las