cosiera y bordara con más prolijidad que yo. Con ese oficio
contribuí desde los ocho años al sostén de la familia y fui
ahorrando para la dote que mi abuelo no pensaba darme; me
había propuesto conseguir un marido, porque prefería el
destino de lidiar con hijos al futuro que me esperaba con mi
abuelo cascarrabias. Aquel día de Semana Santa, lejos de
obedecer a mi madre, me eché hacia atrás la mantilla y sonreí
al desconocido. Así comenzaron mis amores con Juan, oriundo
de Málaga. Mi abuelo se opuso al principio y la vida en
nuestro hogar se convirtió en un loquero; volaban insultos y
platos, los portazos partieron una pared y si no es por mi
madre, que se ponía en medio, mi abuelo y yo nos habríamos
aniquilado. Le di tanta guerra, que al fin cedió por
cansancio.
No sé qué vio Juan en mí, pero no importa, el hecho es
que a poco de conocernos acordamos que nos casaríamos al cabo
de un año, el tiempo necesario para que él encontrara trabajo
y yo pudiera aumentar mi escuálida dote.
Juan era uno de esos hombres guapos y alegres al que
ninguna mujer se resiste al principio pero que después desea
que se lo hubiera llevado otra, porque causan mucho
sufrimiento. No se daba la molestia de ser seductor, tal como
no se daba ninguna otra, porque bastaba su presencia de chulo
fino para excitar a las mujeres; desde los catorce años, edad
en que empezó a explotar sus encantos, vivió de ellas.
Riéndose, decía que había perdido la cuenta de los hombres a
quienes sus mujeres habían puesto cuernos por su culpa y las
ocasiones en que escapó enjabonado de un marido celoso. «Pero
eso se ha acabado ahora que estoy contigo, vida mía»,
agregaba para tranquilizarme, mientras con el rabillo del ojo
espiaba a mi hermana. Su apostura y simpatía también le
ganaban el aprecio de los hombres; era buen bebedor y
jugador, y poseía un repertorio infinito de cuentos atrevidos
y planes fantásticos para hacer dinero fácil. Pronto
comprendí que su mente estaba fija en el horizonte y en el
mañana, siempre insatisfecha. Como tantos otros en aquella
época, se nutría de las historias fabulosas del Nuevo Mundo,
donde los mayores tesoros y honores se hallaban al alcance de
los valientes que estaban dispuestos a correr riesgos. Se
creía destinado a grandes hazañas, como Cristóbal Colón,
quien se echó a la mar con su coraje como único capital y se
encontró con la otra mitad del mundo, o Hernán Cortés, quien
obtuvo la perla más preciosa del imperio español, México.
—Dicen que todo está descubierto en esas partes del mundo —
argumentaba yo, con ánimo de disuadirle.
—¡Qué ignorante eres, mujer! Falta por conquistar mucho más
de lo ya conquistado. De Panamá hacia el sur es tierra virgen
y contiene más riquezas que las de Solimán.
Sus planes me horrorizaban porque significaban que
tendríamos que separarnos. Además, había oído de boca de mi
abuelo, quien a su vez lo sabía por comentarios escuchados en
las tabernas, que los aztecas de México hacían sacrificios
humanos. Se formaban filas de una legua de largo, miles y
miles de infelices cautivos esperaban su turno para trepar
por las gradas de los templos, donde los sacerdotes —
espantajos desgreñados, cubiertos por una costra de sangre
seca y chorreando sangre fresca— les arrancaban el corazón
con un cuchillo de obsidiana. Los cuerpos rodaban por las
gradas y se amontonaban abajo; pilas de carne en
descomposición. La ciudad se asentaba en un lago de sangre;
las aves de rapiña, hartas de carne humana, eran tan pesadas