La casa de los espíritus
Isabel Allende
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Pero lo rechacé con un manotazo y me alejé maldiciendo, a grandes zancadas
rabiosas, entre las hileras de tumbas y cipreses.
La noche que el doctor Cuevas y su ayudante destriparon el cadáver de Rosa en la
cocina para encontrar la causa de su muerte, Clara estaba en su cama con los ojos
abiertos, temblando en la oscuridad. Tenía la terrible duda de que su hermana había
muerto porque ella lo había dicho. Creía que así como la fuerza de su mente podía
mover el salero, igualmente podía ser la causa de las muertes, de los temblores de
tierra y otras desgracias mayores. En vano le había explicado su madre que ella no
podía provocar los acontecimientos, sólo verlos con alguna anticipación. Se sentía
desolada y culpable y se le ocurrió que si pudiera estar con Rosa, se sentiría mejor. Se
levantó descalza, en camisa, y se fue al dormitorio que había compartido con su
hermana mayor, pero no la encontró en su cama, donde la había visto por última vez.
Salió a buscarla por la casa. Todo estaba oscuro y silencioso. Su madre dormía
drogada por el doctor Cuevas y sus hermanos y los sirvientes se habían retirado
temprano a sus habitaciones. Recorrió los salones, deslizándose pegada a los muros,
asustada y helada. Los muebles pesados, las gruesas cortinas drapeadas, los cuadros
de las paredes, el papel tapiz con sus flores pintadas sobre tela oscura, las lámparas
apagadas oscilando en los techos y las matas de helecho sobre sus columnas de loza,
le parecieron amenazantes. Notó que en el salón brillaba algo de luz por una rendija
debajo de la puerta y estuvo a punto de entrar, pero temió encontrar a su padre y que
la mandara de regreso a la cama. Se dirigió entonces a la cocina, pensando que en el
pecho de la Nana hallaría consuelo. Cruzó el patio principal, entre las camelias y los
naranjos enanos, atravesó los salones del segundo cuerpo de la casa y los sombríos
corredores abiertos donde las tenues luces de los faroles a gas quedaban encendidas
toda la noche, para salir arrancando en los temblores y para espantar a los
murciélagos y otros bichos nocturnos, y llegó al tercer patio, donde estaban las
dependencias de servicio y las cocinas. Allí la casa perdía su señorial prestancia y
empezaba el desorden de las perreras, los gallineros y los cuartos de los sirvientes.
Más allá estaba la caballeriza, donde se guardaban los viejos caballos que Nívea
todavía usaba, a pesar de que Severo del Valle había sido uno de los primeros en
comprar un automóvil. La puerta y los postigos de la cocina y el repostero estaban
cerrados. El instinto advirtió a Clara que algo anormal estaba ocurriendo adentro, trató
de asomarse, pero su nariz no llegaba al alféizar de la ventana, tuvo que arrastrar un
cajón y acercarlo al muro, se trepó y pudo mirar por un hueco entre el postigo de
madera y el marco de la ventana que la humedad y el tiempo habían deformado. Y
entonces vio el interior.
El doctor Cuevas, ese hombronazo bonachón y dulce, de amplia barba y vientre
opulento, que la ayudó a nacer y que la atendió en todas sus pequeñas enfermedades
de la niñez y sus ataques de asma, se había transformado en un vampiro gordo y
oscuro como los de las ilustraciones de los libros de su tío Marcos. Estaba inclinado
sobre el mostrador donde la Nana preparaba la comida. A su lado había un joven
desconocido, pálido como la luna, con la camisa manchada de sangre y los ojos
perdidos de amor. Vio las piernas blanquísimas de su hermana y sus pies desnudos.
Clara comenzó a temblar. En ese momento el doctor Cuevas se apartó y ella pudo ver
el horrendo espectáculo de Rosa acostada sobre el mármol, abierta en canal por un
tajo profundo, con los intestinos puestos a su lado, dentro de la fuente de la ensalada.
Rosa tenía la cabeza torcida en dirección a la ventana donde ella estaba espiando, su
larguísimo pelo verde colgaba como un helecho desde el mesón hasta las baldosas del
suelo, manchadas de rojo. Tenía los ojos cerrados, pero la niña, por efecto de las
sombras, la distancia o la imaginación, creyó ver una expresión suplicante y humillada.