LA PESADILLA
Alexander Coid despertó al amanecer sobresaltado por una
pesadilla. Soñaba que un enorme pájaro negro se estrellaba
contra la ventana con un fragor de vidrios destrozados, se
introducía a la casa y se llevaba a su madre. En el sueño él
observaba impotente cómo el gigantesco buitre cogía a Lisa Coid
por la ropa con sus garras amarillas, salía por la misma
ventana rota y se perdía en un cielo cargado de densos
nubarrones. Lo despertó el ruido de la tormenta, el viento
azotando los árboles, la lluvia sobre el techo, los relámpagos y
truenos. Encendió la luz con la sensación de ir en un barco a la
deriva y se apretó contra el bulto del gran perro que dormía a
su lado. Calculó que a pocas cuadras de su casa el océano
Pacífico rugía, desbordándose en olas furiosas contra la cornisa.
Se quedó escuchando la tormenta y pensando en el pájaro
negro y en su madre, esperando que se calmaran los golpes de
tambor que sentía en el pecho. Todavía estaba enredado en las
imágenes del mal sueño.
El muchacho miró el reloj: seis y media, hora de
levantarse. Afuera apenas empezaba a aclarar. Decidió que ése
sería un día fatal, uno de esos días en que más valía quedarse
en cama porque todo salía mal. Había muchos días así desde
que su madre se enfermó; a veces el aire de la casa era pesado,
como estar en el fondo del mar. En esos días el único alivio era
escapar, salir a correr por la playa con Poncho hasta quedar sin
aliento. Pero llovía y llovía desde hacía una semana, un
verdadero diluvio, y además a Poncho lo había mordido un
venado y no quería moverse. Alex estaba convencido de que
tenía el perro más bobalicón de la historia, el único labrador de