cuarenta kilos mordido por un venado. En sus cuatro años de
vida, a Poncho lo habían atacado mapaches, el gato del vecino y
ahora un venado, sin contar las ocasiones en que lo rociaron los
zorrillos y hubo que bañarlo en salsa de tomate para amortiguar
el olor. Alex salió de la cama sin perturbar a Poncho y se vistió
tiritando; la calefacción se encendía a las seis, pero todavía no
alcanzaba a entibiar su pieza, la última del pasillo.
A la hora del desayuno Alex estaba de mal humor y no
tuvo ánimo para celebrar el esfuerzo de su padre por hacer
panqueques. John Coid no era exactamente buen cocinero: sólo
sabía hacer panqueques y le quedaban como tortillas mexicanas
de caucho. Para no ofenderlo, sus hijos se los echaban a la
boca, pero aprovechaban cualquier descuido para escupirlos en
la basura. Habían tratado en vano de entrenar a Poncho para
que se los comiera: el perro era tonto, pero no tanto.
—¿Cuándo se va a mejorar la mamá? —preguntó Nicole,
procurando pinchar el gomoso panqueque con su tenedor.
—¡Cállate, tonta! —replicó Alex, harto de oír la misma
pregunta de su hermana menor varias veces por semana.
—La mamá se va a morir —comentó Andrea.
—¡Mentirosa! ¡No se va a morir! —chilló Nicole.
—¡Ustedes son unas mocosas, no saben lo que dicen! —
exclamó Alex.
—Vamos, niños, cálmense. La mamá se pondrá bien... —
interrumpió John Coid, sin convicción.
Alex sintió ira contra su padre, sus hermanas, Poncho, la
vida en general y hasta contra su madre por haberse
enfermado. Salió de la cocina a grandes trancos, dispuesto a
partir sin desayuno, pero tropezó con el perro en el pasillo y se
cayó de bruces.