había adoptado seis gatitos huérfanos y los mantenía
escondidos en el garaje; le salvó la vida a un pajarraco con un
ala rota y guardaba una culebra de un metro de largo dentro de
una caja. Si su madre encontraba la culebra se moría allí
mismo del susto, aunque no era probable que eso sucediera,
porque, cuando no estaba en el hospital, Lisa Coid pasaba el
día en la cama.
Salvo los panqueques de su padre y unos emparedados de
atún con mayonesa, especialidad de Andrea, nadie cocinaba en
la familia desde hacía meses. En la nevera sólo había jugo de
naranja, leche y helados; en la tarde pedían por teléfono pizza o
comida china. Al principio fue casi una fiesta, porque cada cual
comía a cualquier hora lo que le daba la gana, más que nada
azúcar, pero ya todos echaban de menos la dieta sana de los
tiempos normales. Alex pudo medir en esos meses cuán enorme
había sido la presencia de su madre y cuánto pesaba ahora su
ausencia. Echaba de menos su risa fácil y su cariño, tanto como
su severidad. Ella era más estricta que su padre y más astuta:
resultaba imposible engañarla porque tenía un tercer ojo para
ver lo invisible. Ya no se oía su voz canturreando en italiano, no
había música, ni flores, ni ese olor característico de galletas
recién horneadas y pintura. Antes su madre se las arreglaba
para trabajar varias horas en su taller, mantener la casa
impecable y esperar a sus hijos con galletas; ahora apenas se
levantaba por un rato y daba vueltas por las habitaciones con
un aire desconcertado, como si no reconociera su entorno,
demacrada, con los ojos hundidos y rodeados de sombras. Sus
telas, que antes parecían verdaderas explosiones de color, ahora
permanecían olvidadas en los atriles y el óleo se secaba en los
tubos. Lisa Coid parecía haberse achicado, era apenas un
fantasma silencioso.
Alex ya no tenía a quien pedirle que le rascara la espalda o
le levantara el ánimo cuando amanecía sintiéndose como un
bicho. Su padre no era hombre de mimos. Salían juntos a
escalar montañas, pero hablaban poco; además, John Coid
había cambiado, como todos en la familia. Ya no era la persona
serena de antes, se irritaba con frecuencia, no sólo con los