llamarlo, tironeándolo de la ropa para separarlo, mientras él
repartía golpes a ciegas, sin ver dónde caían.
—Está bien, hijo, cálmate, no pasa nada —suplicaba Lisa
Coid sujetándolo con sus escasas fuerzas, mientras su padre se
protegía la cabeza con los brazos. Por fin la voz de su madre
penetró en su mente y se desinfló su ira en un instante, dando
paso al desconcierto y el horror por lo que había hecho. Se puso
de pie y retrocedió tambaleándose; luego echó a correr y se
encerró en su pieza. Arrastró su escritorio y trancó la puerta,
tapándose los oídos para no escuchar a sus padres llamándolo.
Por largo rato permaneció apoyado contra la pared, con los ojos
cerrados, tratando de controlar el huracán de sentimientos que
lo sacudía hasta los huesos. Enseguida procedió a destrozar
sistemáticamente todo lo que había en la habitación. Sacó los
afiches de los muros y los desgarró uno por uno; cogió su bate
de béisbol y arremetió contra los cuadros y videos; molió su
colección de autos antiguos y aviones de la Primera Guerra
Mundial; arrancó las páginas de sus libros; destripó con su
navaja del ejército suizo el colchón y las almohadas; cortó a
tijeretazos su ropa y las cobijas y por último pateó la lámpara
hasta hacerla añicos. Llevó a cabo la destrucción sin prisa, con
método, en silencio, como quien realiza una tarea fundamental,
y sólo se detuvo cuando se le acabaron las fuerzas y no había
nada más por romper. El suelo quedó cubierto de plumas y
relleno de colchón, de vidrios, papeles, trapos y pedazos de
juguetes. Aniquilado por las emociones y el esfuerzo, se echó en
medio de aquel naufragio encogido como un caracol, con la
cabeza en las rodillas, y lloró hasta quedarse dormido.
Alexander Coid despertó horas más tarde con las voces de sus
hermanas y tardó unos minutos en acordarse de lo sucedido.
Quiso encender la luz, pero la lámpara estaba destrozada. Se
aproximó a tientas a la puerta, tropezó y lanzó una maldición al
sentir que su mano caía sobre un trozo de vidrio. No recordaba
haber movido el escritorio y tuvo que empujarlo con todo el
cuerpo para abrir la puerta. La luz del pasillo alumbró el campo
de batalla en que estaba convertida su habitación y las caras
asombradas de sus hermanas en el umbral.