—¿Estás redecorando tu pieza, Alex? —se burló Andrea,
mientras Nicole se tapaba la cara para ahogar la risa.
Alex les cerró la puerta en las narices y se sentó en el
suelo a pensar, apretándose el corte de la mano con los dedos.
La idea de morir desangrado le pareció tentadora, al menos se
libraría de enfrentar a sus padres después de lo que había
hecho, pero enseguida cambió de parecer. Debía lavarse la
herida antes que se le infectara, decidió. Además ya empezaba a
dolerle, debía ser un corte profundo, podía darle tétano... Salió
con paso vacilante, a tientas porque apenas veía; sus lentes se
perdieron en el desastre y tenía los ojos hinchados de llorar. Se
asomó en la cocina, donde estaba el resto de la familia, incluso
su madre, con un pañuelo de algodón atado en la cabeza, que le
daba el aspecto de una refugiada.
—Lo lamento... —balbuceó Alex con la vista clavada en el
suelo.
Lisa ahogó una exclamación al ver la camiseta manchada
con sangre de su hijo, pero cuando su marido le hizo una seña
cogió a las dos niñas por los brazos y se las llevó sin decir
palabra. John Coid se aproximó a Alex para atender la mano
herida.
—No sé lo que me pasó, papá... —murmuró el chico, sin
atreverse a levantar la vista.
—Yo también tengo miedo, hijo.
—¿Se va a morir la mamá? —preguntó Alex con un hilo de
voz.
—No lo sé, Alexander. Pon la mano bajo el chorro de agua
fría —le ordenó su padre.
John Coid lavó la sangre, examinó el corte y decidió
inyectar un anestésico para quitar los vidrios y ponerle unos
puntos. Alex, a quien la vista de sangre solía dar fatiga, esta vez