tú tomas las decisiones y yo tengo que aceptarlas. ¡Ya no soy un
niño! —alegó Alex, furioso.
—A veces actúas como uno —replicó John Coid señalando
el corte de la mano.
—Fue un accidente, a cualquiera le puede pasar. Me
portaré bien donde Carla, te lo prometo.
—Sé que tus intenciones son buenas, hijo, pero a veces
pierdes la cabeza.
—¡Te dije que iba a pagar lo que rompí! —gritó Alexander,
dando un puñetazo sobre la mesa.
—¿Ves como pierdes el control? En todo caso, Alexander,
esto nada tiene que ver con el destrozo de tu pieza. Estaba
arreglado desde antes con mi suegra y mi madre. Ustedes tres
tendrán que ir donde las abuelas, no hay otra solución. Tú
viajarás a Nueva York dentro de un par de días —dijo su padre.
—¿Solo?
—Solo. Me temo que de ahora en adelante deberás hacer
muchas cosas solo. Llevarás tu pasaporte, porque creo que vas
a iniciar una aventura con mi madre.
—¿Dónde?
—Al Amazonas...
—¡El Amazonas! —exclamó Alex, espantado—. Vi un
documental sobre el Amazonas, ese lugar está lleno de
mosquitos, caimanes y bandidos. ¡Hay toda clase de
enfermedades, hasta lepra!
—Supongo que mi madre sabe lo que hace, no te llevaría a
un sitio donde peligre tu vida, Alexander.