allí, sólo por las tarjetas que le escribía de vez en cuando. El
teléfono de su abuela repicó en vano, mientras él hacia fuerza
mental para que alguien lo levantara. ¿Qué hago ahora?,
musitó, desconcertado. Se le ocurrió llamar a larga distancia a
su padre para pedirle instrucciones, pero eso podía costarle
todas sus monedas. Por otra parte, no quiso portarse como un
mocoso. ¿Qué podía hacer su padre desde tan lejos? No,
decidió, no podía perder la cabeza sólo porque su abuela se
atrasara un poco; tal vez estaba atrapada en el tráfico, o andaba
dando vueltas en el aeropuerto buscándolo y se habían cruzado
sin verse.
Pasó otra media hora y para entonces sentía tanta rabia
contra Kate Coid, que si la hubiera tenido por delante seguro la
habría insultado. Recordó las bromas pesadas que ella le había
hecho durante años, como la caja de chocolates rellenos con
salsa picante que le mandó para un cumpleaños. Ninguna
abuela normal se daría el trabajo de quitar el contenido de cada
bombón con una jeringa, reemplazarlo con tabasco, envolver los
chocolates en papel plateado y colocarlos de vuelta en la caja,
sólo para burlarse de sus nietos.
También recordó los cuentos terroríficos con que los
atemorizaba cuando iba a visitarlos y cómo insistía en hacerlo
con la luz apagada. Ahora esas historias ya no eran tan
efectivas, pero en la infancia casi lo habían matado de miedo.
Sus hermanas todavía sufrían pesadillas con los vampiros y
zombies escapados de sus tumbas que aquella abuela malvada
invocaba en la oscuridad. Sin embargo, no podía negar que eran
adictos a esas truculentas historias. Tampoco se cansaban de
escucharla contar los peligros, reales o imaginarios, que ella
había enfrentado en sus viajes por el mundo. El favorito era de
una pitón de ocho metros de largo en Malasia, que se tragó su
cámara fotográfica. «Lástima que no te tragó a ti, abuela»,
comentó Alex la primera vez que oyó la anécdota, pero ella no se
ofendió. Esa misma mujer le enseñó a nadar en menos de cinco
minutos, empujándolo a una piscina cuando tenía cuatro años.
Salió nadando por el otro lado de pura desesperación, pero
podría haberse ahogado. Con razón Lisa Coid se ponía muy