nerviosa cuando su suegra llegaba de visita: debía doblar la
vigilancia para preservar la salud de sus niños.
A la hora y media de espera en el aeropuerto, Alex no sabia
ya qué hacer. Imaginó cuánto gozaría Kate Coid al verlo tan
angustiado y decidió no darle esa satisfacción; debía actuar
como un hombre. Se colocó el chaquetón, se acomodó la
mochila en los hombros y salió a la calle. El contraste entre la
calefacción, el bullicio y la luz blanca dentro del edificio con el
frío, el silencio y la oscuridad de la noche afuera, casi lo voltea.
No tenía idea que el invierno en Nueva York fuera tan
desagradable. Había olor a gasolina, nieve sucia sobre la acera y
una ventisca helada que golpeaba la cara como agujas. Se dio
cuenta que con la emoción de despedirse de su familia, había
olvidado los guantes y el gorro, que nunca tenía ocasión de usar
en California y guardaba en un baúl en el garaje, con el resto de
su equipo de esquí. Sintió latir la herida en su mano izquierda,
que hasta entonces no le había molestado, y calculó que debería
cambiar el vendaje apenas llegara donde su abuela. No
sospechaba a qué distancia estaba su apartamento ni cuánto
costaría la carrera en taxi. Necesitaba un mapa, pero no supo
dónde conseguirlo. Con las orejas heladas y las manos metidas
en los bolsillos caminó hacia la parada de los buses.
—Hola, ¿andas solo? —se le acercó una muchacha.
La chica llevaba una bolsa de lona al hombro, un
sombrero metido hasta las cejas, las uñas pintadas de azul y
una argolla de plata atravesada en la nariz. Alex se quedó
mirándola maravillado, era casi tan bonita como su amor
secreto, Cecilia Burns, a pesar de sus pantalones rotosos, sus
botas de soldado y su aspecto más bien sucio y famélico. Como
único abrigo usaba un chaquetón corto de piel artificial color
naranja, que apenas le cubría la cintura. No llevaba guantes.
Alex farfulló una respuesta vaga. Su padre le había advertido
que no hablara con extraños, pero esa chica no podía
representar peligro alguno, era apenas un par de años mayor,
casi tan delgada y baja como su madre. En realidad, a su lado
Alex se sintió fuerte.