—¿Dónde vas? —insistió la desconocida encendiendo un
cigarrillo.
—A casa de mi abuela, vive en la calle Catorce con la
Segunda Avenida. ¿Sabes cómo puedo llegar allá? —inquirió
Alex.
—Claro, yo voy para el mismo lado. Podemos tomar el bus.
Soy Morgana —se presentó la joven.
—Nunca había oído ese nombre —comentó Alex.
—Yo misma lo escogí. La tonta de mi madre me puso un
nombre tan vulgar como ella. Y tú, ¿cómo te llamas? —preguntó
echando humo por las narices.
—Alexander Coid. Me dicen Alex —replicó, algo
escandalizado al oírla hablar de su familia en tales términos.
Aguardaron en la calle, pataleando en la nieve para
calentarse los pies, durante unos diez minutos, que Morgana
aprovechó para ofrecer un apretado resumen de su vida: hacía
años que no iba a la escuela —eso era para estúpidos— y se
había escapado de su casa porque no aguantaba a su
padrastro, que era un cerdo repugnante. —Voy a pertenecer a
una banda de rock, ése es mi sueño —agregó—. Lo único que
necesito es una guitarra eléctrica. ¿Qué es esa caja que llevas
atada a la mochila?
—Una flauta.
—¿Eléctrica?
—No, de pilas —se burló Alex. Justo cuando sus orejas se
estaban transformando en cubitos de hielo, apareció el bus y
ambos subieron. El chico pagó su pasaje y recibió el vuelto,
mientras Morgana buscaba en un bolsillo de su chaqueta
naranja, luego en otro.