—¡Mi cartera! Creo que me la robaron... —tartamudeó.
—Lo siento, niña. Tendrás que bajarte —le ordenó el
chofer.
—¡No es mi culpa si me robaron! —exclamó ella casi a
gritos, ante el desconcierto de Alex, quien sentía horror de
llamar la atención.
—Tampoco es culpa mía. Acude a la policía —replicó
secamente el chofer.
La joven abrió su bolsa de lona y yació todo el contenido en el
pasillo del vehículo: ropa, cosméticos, papas fritas, varias cajas
y paquetes de diferentes tamaños y unos zapatos de taco alto
que parecían pertenecer a otra persona, porque era difícil
imaginarla en ellos. Revisó cada prenda de ropa con pasmosa
lentitud, dando vueltas a la ropa, abriendo cada caja y cada
envoltorio, sacudiendo la ropa interior a la vista de todo el
mundo. Alex desvió la mirada, cada vez más turbado. No quería
que la gente pensara que esa chica y él andaban juntos.
—No puedo esperar toda la noche, niña. Tienes que bajarte
—repitió el chofer, esta vez con un tono amenazante. Morgana
lo ignoro. Para entonces se había quitado el chaquetón naranja
y estaba revisando el forro, mientras los otros pasajeros del bus
empezaban a reclamar por el atraso en partir.
—¡Préstame algo! —exigió finalmente, dirigiéndose a Alex.
El muchacho sintió derretirse el hielo de sus orejas y
supuso que se le estaban poniendo coloradas, como le ocurría
en los momentos culminantes. Eran su cruz: esas orejas lo
traicionaban siempre, sobre todo cuando estaba frente a Cecilia
Burns, la chica de la cual estaba enamorado desde el jardín de
infancia sin la menor esperanza de ser correspondido. Alex
había concluido que no existía razón alguna para que Cecilia se
fijara en él, pudiendo elegir entre los mejores atletas del colegio.