En nada se distinguía él, sus únicos talentos eran escalar
montañas y tocar la flauta, pero ninguna chica con dos dedos
de frente se interesaba en cerros o flautas. Estaba condenado a
amarla en silencio por el resto de su vida, a menos que
ocurriera un milagro.
—Préstame para el pasaje —repitió Morgana.
En circunstancias normales a Alex no le importaba perder
su plata, pero en ese momento no estaba en condición de
portarse generoso. Por otra parte, decidió, ningún hombre podía
abandonar a una mujer en esa situación. Le alcanzaba justo
para ayudarla sin recurrir a los billetes doblados en sus botas.
Pagó el segundo pasaje. Morgana le lanzó un beso burlón con la
punta de los dedos, le sacó la lengua al chofer, que la miraba
indignado, recogió sus cosas rápidamente y siguió a Alex a la
última fila del vehículo, donde se sentaron juntos.
—Me salvaste el pellejo. Apenas pueda, te pago —le
aseguró.
Alex no respondió. Tenía un principio: si le prestas dinero
a una persona y no vuelves a verla, es dinero bien gastado.
Morgana le producía una mezcla de fascinación y rechazo, era
totalmente diferente a cualquiera de las chicas de su pueblo,
incluso las más atrevidas. Para evitar mirarla con la boca
abierta, como un bobo, hizo la mayor parte del largo viaje en
silencio, con la vista fija en el vidrio oscuro de la ventana, donde
se reflejaban Morgana y también su propio rostro delgado, con
lentes redondos y el cabello oscuro, como el de su madre.
¿Cuándo podría afeitarse? No se había desarrollado como varios
de sus amigos; todavía era un chiquillo imberbe, uno de los más
bajos de su clase. Hasta Cecilia Burns era más alta que él. Su
única ventaja era que, a diferencia de otros adolescentes de su
colegio, tenía la piel sana, porque apenas le aparecía un grano
su padre se lo inyectaba con cortisona. Su madre le aseguraba
que no debía preocuparse, unos estiran antes y otros después,
en la familia Coid todos los hombres eran altos; pero él sabía
que la herencia genética es caprichosa y bien podía salir a la