familia de su madre. Lisa Coid era baja incluso para una mujer;
vista por detrás parecía una chiquilla de catorce años, sobre
todo desde que la enfermedad la había reducido a un esqueleto.
Al pensar en ella sintió que se le cerraba el pecho y se le cortaba
el aire, como si un puño gigantesco lo tuviera cogido por el
cuello.
Morgana se había quitado la chaqueta de piel naranja.
Debajo llevaba una blusa corta de encaje negro que le dejaba la
barriga al aire y un collar de cuero con puntas metálicas, como
de perro bravo.
—Me muero por un pito —dijo.
Alex le señaló el aviso que prohibía fumar en el bus. Ella
echó una mirada a su entorno. Nadie les prestaba atención;
había varios asientos vacíos a su alrededor y los otros pasajeros
leían o dormitaban. Al comprobar que nadie se fijaba en ellos,
se metió la mano en la blusa y extrajo del pecho una bolsita
mugrienta. Le dio un breve codazo sacudiendo la bolsa delante
de sus narices.
—Hierba —murmuró.
Alexander Coid negó con la cabeza. No se consideraba un
puritano, ni mucho menos, había probado marihuana y alcohol
algunas veces, como casi todos sus compañeros en la
secundaria, pero no lograba comprender su atractivo, excepto el
hecho de que estaban prohibidos. No le gustaba perder el
control. Escalando montañas le había tomado el gusto a la
exaltación de tener el control del cuerpo y de la mente. Volvía de
esas excursiones con su padre agotado, adolorido y hambriento,
pero absolutamente feliz, lleno de energía, orgulloso de haber
vencido una vez más sus temores y los obstáculos de la
montaña. Se sentía electrizado, poderoso, casi invencible. En
esas ocasiones su padre le daba una palmada amistosa en la
espalda, a modo de premio por la proeza, pero nada decía para
no alimentar su vanidad. John Coid no era amigo de lisonjas,