costaba mucho ganarse una palabra de elogio de su parte, pero
su hijo no esperaba oírla, le bastaba esa palmada viril.
Imitando a su padre, Alex había aprendido a cumplir con
sus obligaciones lo mejor posible, sin presumir de nada, pero
secretamente se jactaba de tres virtudes que consideraba suyas:
valor para escalar montañas, talento para tocar la flauta y
claridad para pensar. Era más difícil reconocer sus defectos,
aunque se daba cuenta de que había por lo menos dos que
debía tratar de mejorar, tal como le había hecho notar su madre
en más de una ocasión: su escepticismo, que lo hacía dudar de
casi todo, y su mal carácter, que lo hacía explotar en el
momento menos pensado. Esto era algo nuevo, porque tan sólo
unos meses antes era confiado y andaba siempre de buen
humor. Su madre aseguraba que eran cosas de la edad y que se
le pasarían, pero él no estaba tan seguro como ella. En todo
caso, no le atraía el ofrecimiento de Morgana. En las
oportunidades en que había probado drogas no había sentido
que volaba al paraíso, como decían algunos de sus amigos, sino
que se le llenaba la cabeza de humo y se le ponían las piernas
como lana. Para él no había ningún estímulo mayor que
balancearse de una cuerda en el aire a cien metros de altura,
sabiendo exactamente cuál era el paso siguiente que debía dar.
No, las drogas no eran para él. Tampoco el cigarrillo, porque
necesitaba pulmones sanos para escalar y tocar la flauta. No
pudo evitar una breve sonrisa al acordarse del método
empleado por su abuela Kate para cortarle de raíz la tentación
del tabaco. Entonces él tenía once años y, a pesar de que su
padre le había dado el sermón sobre el cáncer al pulmón y otras
consecuencias de la nicotina, solía fumar a escondidas con sus
amigos detrás del gimnasio. Kate Coid llegó a pasar con ellos la
Navidad y con su nariz de sabueso no tardó en descubrir el olor,
a pesar de la goma de mascar y el agua de colonia con que él
procuraba disimularlo.
—¿Fumando tan joven, Alexander? —le preguntó de muy
buen humor. Él intentó negarlo, pero ella no le dio tiempo—.
Acompáñame, vamos a dar un paseo —dijo.