El chico subió al coche, se colocó el cinturón de seguridad
bien apretado y murmuró entre dientes un conjuro de buena
suerte, porque su abuela era una terrorista del volante. Con la
disculpa de que en Nueva York nadie tenía auto, manejaba
como si la persiguieran. Lo condujo a trompicones y frenazos
hasta el supermercado, donde adquirió cuatro grandes cigarros
de tabaco negro; luego se lo llevó a una calle tranquila,
estacionó lejos de miradas indiscretas y procedió a encender un
puro para cada uno. Fumaron y fumaron con las puertas y
ventanas cerradas hasta que el humo les impedía ver a través
de las ventanillas. Alex sentía que la cabeza le daba vueltas y el
estómago le subía y le bajaba. Pronto ya no pudo más, abrió la
portezuela y se dejó caer como una bolsa en la calle, enfermo
hasta el alma. Su abuela esperó sonriendo a que acabara de
vaciar el estómago, sin ofrecerse para sostenerle la frente y
consolarlo, como hubiera hecho su madre, y luego encendió
otro cigarro y se lo pasó.
—Vamos, Alexander, pruébame que eres un hombre y
fúmate otro —lo desafió, de lo más divertida.
Durante los dos días siguientes el muchacho debió
quedarse en la cama, verde como una lagartija y convencido de
que las náuseas y el dolor de cabeza iban a matarlo. Su padre
creyó que era un virus y su madre sospechó al punto de su
suegra, pero no se atrevió a acusarla directamente de
envenenar al nieto. Desde entonces el hábito de fumar, que
tanto éxito tenía entre algunos de sus amigos, a Alex le revolvía
las tripas.
—Esta hierba es de la mejor —insistió Morgana señalando
el contenido de su bolsita—. También tengo esto, si prefieres —
agregó mostrándole dos pastillas blancas en la palma de la
mano.
Alex volvió a fijar la vista en la ventanilla del bus, sin
responder. Sabía por experiencia que era mejor callarse o
cambiar el tema. Cualquier cosa que dijera iba a sonar estúpida
y la chica iba a pensar que era un mocoso o que tenía ideas