—Estoy muerta de hambre. ¿Podríamos comer algo? —
sugirió.
—Ya es tarde, debo llegar donde mi abuela —se disculpó
él,
—Tranquilo, hombre, te voy a llevar donde tu abuela.
Estamos cerca, pero nos vendría bien echarnos algo a la panza
—insistió ella.
Sin darle ocasión de negarse, lo arrastró de un brazo al
interior de un ruidoso local que olía a cerveza, café rancio y
fritanga. Detrás de un largo mesón de formica había un par de
empleados asiáticos sirviendo unos platos grasientos Morgana
se instaló en un taburete frente al mesón y procedió a estudiar
el menú, escrito con tiza en una pizarra en la pared. Alex
comprendió que le tocaría pagar la comida y se dirigió al baño
para rescatar los billetes que llevaba escondidos en las botas.
Las paredes del servicio estaban cubiertas de palabrotas y
dibujos obscenos, por el suelo había papeles arrugados y
charcos de agua, que goteaba de las cañerías oxidadas. Entró
en un cubículo, cerró la puerta con pestillo, dejó la mochila en
el suelo y, a pesar del asco, tuvo que sentarse en el excusado
para quitarse las botas, tarea nada fácil en ese espacio reducido
y con una mano vendada. Pensó en los gérmenes y en las
innumerables enfermedades que se pueden contraer en un
baño público, como decía su padre. Debía cuidar su reducido
capital.
Contó su dinero con un suspiro; él no comería y esperaba
que Morgana se conformara con un plato barato, no parecía ser
de las que comen mucho. Mientras no estuviera a salvo en el
apartamento de Kate Coid, esos tres billetes doblados y vueltos
a doblar eran todo lo que poseía en este mundo; ellos
representaban la diferencia entre la salvación y morirse de
hambre y frío tirado en la calle, como los mendigos que había
visto momentos antes. Si no daba con la dirección de su abuela,