EL ABOMINABLE HOMBRE
DE LA SELVA
“Quien boca tiene, a Roma llega”, era uno de los axiomas
de Kate Coid. Su trabajo la obligaba a viajar por lugares
remotos, donde seguramente había puesto en práctica ese dicho
muchas veces. Alex era más bien tímido, le costaba abordar a
un desconocido para averiguar algo, pero no había otra
solución. Apenas logró tranquilizarse y recuperar el habla, se
acercó a un hombre que masticaba una hamburguesa y le
preguntó cómo podía llegar a la calle Catorce con la Segunda
Avenida. El tipo se encogió de hombros y no le contestó.
Sintiéndose insultado, el muchacho se puso rojo. Vaciló
durante unos minutos y por último abordó a uno de los
empleados detrás del mostrador. El hombre señaló con el
cuchillo que tenía en la mano una dirección vaga y le dio unas
instrucciones a gritos por encima del bullicio del restaurante,
con un acento tan cerrado, que no entendió ni una palabra.
Decidió que era cosa de lógica: debía averiguar para qué lado
quedaba la Segunda Avenida y contar las calles, muy sencillo;
pero no le pareció tan sencillo cuando averiguó que se
encontraba en la calle Cuarenta y dos con la Octava Avenida y
calculó cuánto debía recorrer en ese frío glacial. Agradeció su
entrenamiento en escalar montañas: si podía pasar seis horas
trepando como una mosca por las rocas, bien podía caminar
unas pocas cuadras por terreno plano. Subió el cierre de su
chaquetón, metió la cabeza entre los hombros, puso las manos
en los bolsillos y echó a andar.
Había pasado la medianoche y empezaba a nevar cuando
el muchacho llegó a la calle de su abuela. El barrio le pareció
decrépito, sucio y feo, no había un árbol por ninguna parte y
desde hacía un buen rato no se veía gente. Pensó que sólo un
desesperado como él podía andar a esa hora por las peligrosas