calles de Nueva York, sólo se había librado de ser víctima de un
atraco porque ningún bandido tenía ánimo para salir en ese
frío. El edificio era una torre gris en medio de muchas otras
torres idénticas, rodeada de rejas de seguridad. Tocó el timbre y
de inmediato la voz ronca y áspera de Kate Coid preguntó quién
se atrevía a molestar a esa hora de la noche. Alex adivinó que
ella lo estaba esperando, aunque por supuesto jamás lo
admitiría. Estaba helado hasta los huesos y nunca en su vida
había necesitado tanto echarse en los brazos de alguien, pero
cuando por fin se abrió la puerta del ascensor en el piso once y
se encontró ante su abuela, estaba determinado a no permitir
que ella lo viera flaquear.
—Hola, abuela —saludó lo más claramente que pudo, dado
lo mucho que le castañeaban los dientes.
—¡Te he dicho que no me llames abuela! —lo increpó ella.
—Hola, Kate.
—Llegas bastante tarde, Alexander.
—¿No quedamos en que me ibas a recoger en el
aeropuerto? —replicó él procurando que no le saltaran las
lágrimas.
—No quedamos en nada. Si no eres capaz de llegar del
aeropuerto a mi casa, menos serás capaz de ir conmigo a la
selva —dijo Kate Coid—. Quítate la chaqueta y las botas, voy a
darte una taza de chocolate y prepararte un baño caliente, pero
conste que lo hago sólo para evitarte una pulmonía. Tienes que
estar sano para el viaje. No esperes que te mime en el futuro,
¿entendido?
—Nunca he esperado que me mimaras —replicó Alex.
—¿Qué te pasó en la mano? —preguntó ella al ver el
vendaje, empapado.