—Muy largo de contar.
El pequeño apartamento de Kate Coid era oscuro,
atiborrado y caótico. Dos de las ventanas —con los vidrios
inmundos— daban a un patio de luz y la tercera a un muro de
ladrillo con una escalera de incendio. Vio maletas, mochilas,
bultos y cajas tirados por los rincones, libros, periódicos y
revistas amontonados sobre las mesas. Había un par de cráneos
humanos traídos del Tíbet, arcos y flechas de los pigmeos del
África, cántaros funerarios del desierto de Atacama, escarabajos
petrificados de Egipto y mil objetos más. Una larga piel de
culebra se extendía a lo largo de toda una pared. Había
pertenecido a la famosa pitón que se tragó la cámara fotográfica
en Malasia. Hasta entonces Alex no había visto a su abuela en
su ambiente y debió admitir que ahora, al verla rodeada de sus
cosas, resultaba mucho más interesante. Kate Coid tenía
sesenta y cuatro años, era flaca y musculosa, pura fibra y piel
curtida por la intemperie; sus ojos azules, que habían visto
mucho mundo, eran agudos como puñales. El cabello gris, que
ella misma se cortaba a tijeretazos sin mirarse al espejo, se
paraba en todas direcciones, como si jamás se lo hubiera
peinado. Se jactaba de sus dientes, grandes y fuertes, capaces
de partir nueces y destapar botellas; también estaba orgullosa
de no haberse quebrado nunca un hueso, no haber consultado
jamás a un médico y haber sobrevivido desde a ataques de
malaria hasta picaduras de escorpión. Bebía vodka al seco y
fumaba tabaco negro en una pipa de marinero. Invierno y
verano se vestía con los mismos pantalones bolsudos y un
chaleco sin mangas, con bolsillos por todos lados, donde llevaba
lo indispensable para sobrevivir en caso de cataclismo. En
algunas ocasiones, cuando era necesario vestirse elegante, se
quitaba el chaleco y se ponía un collar de colmillos de oso,
regalo de un jefe apache.
Lisa, la madre de Alex, tenía terror de Kate, pero los niños
esperaban sus visitas con ansias. Esa abuela estrafalaria,
protagonista de increíbles aventuras, les traía noticias de
lugares tan exóticos que costaba imaginarlos. Los tres nietos
coleccionaban sus relatos de viajes, que aparecían en diversas