revistas y periódicos, y las tarjetas postales y fotografías que ella
les enviaba desde los cuatro puntos cardinales. Aunque a veces
les daba vergüenza presentarla a sus amigos, en el fondo se
sentían orgullosos de que un miembro de su familia fuera casi
una celebridad.
Media hora más tarde Alex había entrado en calor con el
baño y estaba envuelto en una bata, con calcetines de lana,
devorando albóndigas de carne con puré de patatas, una de las
pocas cosas que él comía con agrado y lo único que Kate sabía
cocinar.
—Son las sobras de ayer —dijo ella, pero Alex calculó que
lo había preparado especialmente para él. No quiso contarle su
aventura con Morgana, para no quedar como una babieca, pero
debió admitir que le habían robado todo lo que traía.
—Supongo que me vas a decir que aprenda a no confiar en
nadie —masculló el muchacho sonrojándose.
—Al contrario, iba a decirte que aprendas a confiar en ti.
Ya ves, Alexander, a pesar de todo pudiste llegar hasta mi
apartamento sin problemas.
—¿Sin problemas? Casi muero congelado por el camino.
Habrían descubierto mi cadáver en el deshielo de la primavera
—replicó él.
—Un viaje de miles de millas siempre comienza a
tropezones. ¿Y el pasaporte? —inquirió Kate.
—Se salvó porque lo llevaba en el bolsillo.
—Pégatelo con cinta adhesiva al pecho, porque si lo
pierdes estás frito.
—Lo que más lamento es mi flauta —comentó Alex.