—Tendré que darte la flauta de tu abuelo. Pensaba
guardarla hasta que demostraras algún talento, pero supongo
que está mejor en tus manos que tirada por allí —ofreció Kate.
Buscó en las estanterías que cubrían las paredes de su
apartamento desde el suelo hasta el techo y le entregó un
estuche empolvado de cuero negro.
—Toma, Alexander. La usó tu abuelo durante cuarenta
años, cuídala.
El estuche contenía la flauta de Joseph Coid, el más
célebre flautista del siglo, como habían dicho los críticos cuando
murió. «Habría sido mejor que lo dijeran cuando el pobre
Joseph estaba vivo», fue el comentario de Kate cuando lo leyó en
la prensa. Habían estado divorciados por treinta años, pero en
su testamento Joseph Coid dejó la mitad de sus bienes a su ex
esposa, incluyendo su mejor flauta, que ahora su nieto tenía en
las manos. Alex abrió con reverencia la gastada caja de cuero y
acarició la flauta: era preciosa. La tomó delicadamente y se la
llevó a los labios. Al soplar, las notas escaparon del instrumento
con tal belleza, que él mismo se sorprendió. Sonaba muy
distinta a la flauta que Morgana le había robado. Kate Coid dio
tiempo a su nieto de inspeccionar el instrumento y de
agradecerle profusamente, como ella esperaba; enseguida le
pasó un libraco amarillento con las tapas sueltas: Guía de salud
del viajero audaz. El muchacho lo abrió al azar y leyó los
síntomas de una enfermedad mortal que se adquiere por comer
el cerebro de los antepasados.
—No como órganos —dijo.
—Nunca se sabe lo que le ponen a las albóndigas —replicó
su abuela.
Sobresaltado, Alex observó con desconfianza los restos de su
plato. Con Kate Coid era necesario ejercer mucha cautela. Era
peligroso tener un antepasado como ella.