—¡No, Kate, mi próxima pregunta es si usa sombrero! —
explotó su nieto.
—No creo.
—¿Es peligroso?
—No, Alexander. Es de lo más amable. No roba, no rapta
niños y no destruye la propiedad privada. Sólo mata. Lo hace
con limpieza, sin ruido, quebrando los huesos y destripando a
sus víctimas con verdadera elegancia, como un profesional —se
burló su abuela.
—¿Cuánta gente ha matado? —inquirió Alex cada vez más
inquieto.
—No mucha, si consideramos el exceso de población en el
mundo.
—¡Cuánta, Kate!
—Varios buscadores de oro, un par de soldados, unos
comerciantes... En fin, no se conoce el número exacto.
—¿Ha matado indios? ¿Cuántos? —preguntó Alex.
—No se sabe, en realidad. Los indios sólo saben contar
hasta dos. Además, para ellos la muerte es relativa. Si creen
que alguien les ha robado el alma, o ha caminado sobre sus
huellas, o se ha apoderado de sus sueños, por ejemplo, eso es
peor que estar muerto. En cambio, alguien que ha muerto
puede seguir vivo en espíritu.
—Es complicado —dijo Alex, que no creía en espíritus.
—¿Quién te dijo que la vida es simple?