EL RIO AMAZONAS
Kate y Alexander Coid iban en un avión comercial
sobrevolando el norte del Brasil. Durante horas y horas habían
visto desde el aire una interminable extensión de bosque, todo
del mismo verde intenso, atravesada por ríos que se deslizaban
como luminosas serpientes. El más formidable de todos era
color café con leche.
«El río Amazonas es el más ancho y largo de la tierra, cinco
veces más que ningún otro. Sólo los astronautas en viaje a la
luna han podido verlo entero desde la distancia», leyó Alex en la
guía turística que le había comprado su abuela en Río de
Janeiro. No decía que esa inmensa región, último paraíso del
planeta, era destruida sistemáticamente por la codicia de
empresarios y aventureros, como había aprendido él en la
escuela. Estaban construyendo una carretera, un tajo abierto
en plena selva, por donde llegaban en masa los colonos y salían
por toneladas las maderas y los minerales.
Kate informó a su nieto que subirían por el río Negro hasta
el Alto Orinoco, un triángulo casi inexplorado donde se
concentraba la mayor parte de las tribus. De allí se suponía que
provenía la Bestia.
—En este libro dice que esos indios viven como en la Edad
de Piedra. Todavía no han inventado la rueda —comentó Alex.
—No la necesitan. No sirve en ese terreno, no tienen nada
que transportar y no van apurados a ninguna parte —replicó
Kate Coid, a quien no le gustaba que la interrumpieran cuando
estaba escribiendo. Había pasado buena parte del viaje