tomando notas en sus cuadernos con una letra diminuta y
enmarañada, como huellas de moscas.
—No conocen la escritura —agregó Alex.
—Seguro que tienen buena memoria —dijo Kate.
—No hay manifestaciones de arte entre ellos, sólo se
pintan el cuerpo y se decoran con plumas —explicó Alex.
—Les importa poco la posteridad o destacarse entre los
demás. La mayoría de nuestros llamados «artistas» debería
seguir su ejemplo —contestó su abuela.
Iban a Manaos, la ciudad más poblada de la región
amazónica, que había prosperado en tiempos del caucho, a
finales del siglo XIX.
—Vas a conocer la selva más misteriosa del mundo,
Alexander. Allí hay lugares donde los espíritus se aparecen a
plena luz del día —explicó Kate.
—Claro, como el «abominable hombre de la selva» que
andamos buscando —sonrió su nieto, sarcástico.
—Lo llaman la Bestia. Tal vez no sea sólo un ejemplar, sino
varios, una familia o una tribu de bestias.
—Eres muy crédula para la edad que tienes, Kate —
comentó el muchacho, sin poder evitar el tono sarcástico al ver
que su abuela creía esas historias.
—Con la edad se adquiere cierta humildad, Alexander.
Mientras más años cumplo, más ignorante me siento. Sólo los
jóvenes tienen explicación para todo. A tu edad se puede ser
arrogante y no importa mucho hacer el ridículo —replicó ella
secamente. Al bajar del avión en Manaos, sintieron el clima
sobre la piel como una toalla empapada en agua caliente. Allí se
reunieron con los otros miembros de la expedición del