con embarcaciones de diversas clases, desde lanchas a motor y
casas flotantes hasta sencillas canoas talladas en troncos de
árbol, pero después quedaron solos en la inmensidad de aquel
paisaje. Ése era un planeta de agua: la vida transcurría
navegando lentamente, al ritmo del río, de las mareas, de las
lluvias, de las inundaciones. Agua, agua por todas partes.
Existían centenares de familias, que nacían y morían en sus
embarcaciones, sin haber pasado una noche en tierra firme;
otras vivían en casas sobre pilotes a las orillas del río. El
transporte se hacía por el río y la única forma de enviar o recibir
un mensaje era por radio. Al muchacho americano le parecía
increíble que se pudiera vivir sin teléfono. Una estación de
Manaos transmitía mensajes personales sin interrupciones, así
se enteraba la gente de las noticias, sus negocios y sus familias.
Río arriba circulaba poco el dinero, había una economía de
trueque, cambiaban pescado por azúcar, o gasolina por
gallinas, o servicios por una caja de cerveza.
En ambas orillas del río la selva se alzaba amenazante. Las
órdenes del capitán fueron claras: no alejarse por ningún
motivo, porque bosque adentro se pierde el sentido de la
orientación. Se sabía de extranjeros que, estando a pocos
metros del río, habían muerto desesperados sin encontrarlo. Al
amanecer veían delfines rosados saltando entre las aguas y
centenares de pájaros cruzando el aire. También vieron
manatíes, unos grandes mamíferos acuáticos cuyas hembras
dieron origen a la leyenda de las sirenas. Por la noche aparecían
entre los matorrales puntos colorados: eran los ojos de los
caimanes espiando en la oscuridad. Un caboclo enseñó a Alex a
calcular el tamaño del animal por la separación de los ojos.
Cuando se trataba de un ejemplar pequeño, el caboclo lo
encandilaba con una linterna, luego saltaba al agua y lo
atrapaba, sujetándole las mandíbulas con una mano y la cola
con otra. Si la separación de los ojos era considerable, lo evitaba
como a la peste.
El tiempo transcurría lento, las horas se arrastraban
eternas, sin embargo Alex no se aburría. Se sentaba en la proa
del bote a observar la naturaleza, leer y tocar la flauta de su