abuelo. La selva parecía animarse y responder al sonido del
instrumento, hasta los ruidosos tripulantes y pasajeros del
barco se callaban para escucharlo; ésas eran las únicas
ocasiones en que Kate Coid le prestaba atención. La escritora
era de pocas palabras, pasaba el día leyendo o escribiendo en
sus cuadernos y en general lo ignoraba o lo trataba como a
cualquier otro miembro de la expedición. Era inútil acudir a ella
para plantearle un problema de mera supervivencia, como la
comida, la salud o la seguridad, por ejemplo. Lo miraba de
arriba abajo con evidente desdén y le contestaba que hay dos
clases de problemas, los que se arreglan solos y los que no
tienen solución, así es que no la molestara con tonterías. Menos
mal que su mano había sanado rápidamente, si no ella sería
capaz de resolver el asunto sugiriendo que se la amputara. Era
mujer de medidas extremas. Le había prestado mapas y libros
sobre el Amazonas, para que él mismo buscara la información
que le interesaba. Si Alex le comentaba sus lecturas sobre los
indios o le planteaba sus teorías sobre la Bestia, ella replicaba
sin levantar la vista de la página que tenía por delante: «Nunca
pierdas una buena ocasión de callarte la boca, Alexander».
Todo en ese viaje resultaba tan diferente al mundo en que
el muchacho se había criado, que se sentía como un visitante
de otra galaxia. Ya no contaba con las comodidades que antes
usaba sin pensar, como una cama, baño, agua corriente,
electricidad. Se dedicó a tomar fotografías con la cámara de su
abuela para llevar pruebas de vuelta a California. ¡Sus amigos
jamás le creerían que había tenido en las manos un caimán de
casi un metro de largo!
Su problema más grave era alimentarse. Siempre había
sido quisquilloso para comer y ahora le servían cosas que ni
siquiera sabia nombrar. Lo único que podía identificar a bordo
eran frijoles en lata, carne seca salada y café, nada de lo cual le
apetecía. Los tripulantes cazaron a tiros un par de monos y esa
noche, cuando el bote atracó en la orilla, los asaron. Tenían un
aspecto tan humano, que se sintió enfermo al verlos: parecían
dos niños quemados. A la mañana siguiente pescaron una
pirarucú, un enorme pez cuya carne resultó deliciosa para