se quedaban sólo en las orillas, después de todo —empezó a
bracear con todas sus fuerzas de vuelta a la embarcación, pero
lo detuvo en seco la voz de su abuela gritándole que no se
moviera. Le obedeció por hábito, a pesar de que su instinto le
advertía lo contrario. Se mantuvo a flote lo más quieto posible y
entonces vio a su lado un pez enorme. Creyó que era un tiburón
y el corazón se le detuvo, pero el pez dio una corta vuelta y
regresó curioso, colocándose tan cerca, que pudo ver su
sonrisa. Esta vez su corazón dio un salto y debió contenerse
para no gritar de alegría. ¡Estaba nadando con un delfín!
Los veinte minutos siguientes, jugando con él como lo
hacia con su perro Poncho, fueron los más felices de su vida. El
magnífico animal circulaba a su alrededor a gran velocidad,
saltaba por encima de él, se detenía a pocos centímetros de su
cara, observándolo con una expresión simpática. A veces
pasaba muy cerca y podía tocar su piel, que no era suave como
había imaginado, sino áspera. Alex deseaba que ese momento
no terminara nunca, estaba dispuesto a quedarse para siempre
en el río, pero de pronto el delfín dio un coletazo de despedida y
desapareció.
—¿Viste, abuela? ¡Nadie me va a creer esto! —gritó de
vuelta en el bote, tan excitado que apenas podía hablar.
—Aquí están las pruebas —sonrió ella, señalándole la
cámara. También los fotógrafos de la expedición, Bruce y
González, habían captado la escena. A medida que se
internaban por el río Negro, la vegetación se volvía más
voluptuosa, el aire más espeso y fragante, el tiempo más lento y
las distancias más incalculables. Avanzaban como en sueños
por un territorio alucinante. De trecho en trecho la embarcación
se iba desocupando, los pasajeros descendían con sus bultos y
sus animales en las chozas o pequeños villorrios de la orilla. Las
radios a bordo ya no recibían los mensajes personales de
Manaos ni atronaban con los ritmos populares, los hombres se
callaban mientras la naturaleza vibraba con una orquesta de
pájaros y monos. Sólo el ruido del motor delataba la presencia
humana en la inmensa soledad de la selva. Por último, cuando