llegaron a Santa María de la Lluvia, sólo quedaban a bordo la
tripulación, el grupo del International Geographic, la doctora
Omayra Torres y dos soldados. También estaban los dos jóvenes
mormones, atacados por alguna bacteria intestinal. A pesar de
los antibióticos administrados por la doctora iban tan enfermos,
que apenas podían abrir los ojos y a ratos confundían la selva
ardiente con sus nevadas montañas de Utah.
—Santa María de la Lluvia es el último enclave de la
civilización —dijo el capitán de bote, cuando en un recodo del
río apareció el villorrio
—De aquí para adelante es territorio mágico, Alexander —
advirtió Kate Coid a su nieto.
—¿Quedan indios que no han tenido contacto alguno con
la civilización? —preguntó él.
—Se calcula que existen unos dos o tres mil, pero en
realidad nadie lo sabe con certeza —contestó la doctora Omayra
Torres.
Santa María de la Lluvia se levantaba como un error
humano en medio de una naturaleza abrumadora, que
amenazaba con tragársela en cualquier momento. Consistía en
una veintena de casas, un galpón que hacia las veces de hotel,
otro más pequeño donde funcionaba un hospital atendido por
dos monjas, un par de pequeños almacenes, una iglesia católica
y un cuartel del ejército. Los soldados controlaban la frontera y
el tráfico entre Venezuela y Brasil. De acuerdo a la ley, también
debían proteger a los indígenas de los abusos de colonos y
aventureros, pero en la práctica no lo hacían. Los forasteros
iban ocupando la región sin que nadie se los impidiera,
empujando a los indios más y más hacia las zonas
inexpugnables o matándolos con impunidad. En el embarcadero
de Santa María de la Lluvia los esperaba un hombre alto, con
un perfil afilado de pájaro, facciones viriles y expresión abierta,
la piel curtida por la intemperie y una melena oscura amarrada
en una cola en la nuca.