—Bienvenidos. Soy César Santos y ésta es mi hija Nadia —
se presentó.
Alex calculó que la chica tenía la edad de su hermana
Andrea, unos doce o trece años. Tenía el cabello crespo y
alborotado, desteñido por el sol, los ojos y la piel color miel;
vestía shorts, camiseta y unas chancletas de plástico. Llevaba
varias tiras de colores atadas en las muñecas, una flor amarilla
sobre una oreja y una larga pluma verde atravesada en el lóbulo
de la otra. Alex pensó que, si Andrea viera esos adornos, los
copiaría de inmediato, y que si Nicole, su hermana menor, viera
el monito negro que la chica llevaba sentado sobre un hombro,
se moriría de envidia. Mientras la doctora Torres, ayudada por
dos monjas que fueron a recibirla, se llevaba a los misioneros
mormones al diminuto hospital, César Santos dirigió el
desembarco de los numerosos bultos de la expedición. Se
disculpó por no haberlos esperado en Manaos, como habían
acordado. Explicó que su avioneta había sobrevolado todo el
Amazonas, pero era muy antigua y en las últimas semanas se le
caían piezas del motor. En vista de que había estado a punto de
estrellarse, decidió encargar otro motor, que debía llegar en esos
días, y agregó con una sonrisa que no podía dejar huérfana a su
hija Nadia. Luego los llevó al hotel, que resultó ser una
construcción de madera sobre pilotes a orillas del río, similar a
las otras destartaladas casuchas de la aldea. Cajas de cerveza
se amontonaban por todos lados y sobre el mesón se alineaban
botellas de licor. Alex había notado durante el viaje que, a pesar
del calor, los hombres bebían litros y litros de alcohol a toda
hora. Ese primitivo edificio serviría de base de operaciones,
alojamiento, restaurante y bar para los visitantes. A Kate Coid y
al profesor Ludovic Leblanc les asignaron unos cubículos
separados del resto por sábanas colgadas de cuerdas. Los
demás dormirían en hamacas protegidas por mosquiteros.
Santa María de la Lluvia era un villorrio somnoliento y tan
remoto, que apenas figuraba en los mapas. Unos cuantos
colonos criaban vacas de cuernos muy largos; otros explotaban
el oro del fondo del río o la madera y el caucho de los bosques;