unos pocos atrevidos partían solos a la selva en busca de
diamantes; pero la mayoría vegetaba a la espera de que alguna
oportunidad cayera milagrosamente del cielo. Ésas eran las
actividades visibles. Las secretas consistían en tráfico de
pájaros exóticos, drogas y armas. Grupos de soldados, con sus
rifles al hombro y las camisas empapadas de sudor, jugaban a
los naipes o fumaban sentados a la sombra. La escasa
población languidecía, medio atontada por el calor y el
aburrimiento. Alex vio varios individuos sin pelo ni dientes,
medio ciegos, con erupciones en la piel, gesticulando y
hablando solos; eran mineros a quienes el mercurio había
trastornado y estaban muriendo de a poco. Buceaban en el
fondo del río para aspirar con poderosos tubos la arena
saturada de oro en polvo. Algunos morían ahogados; otros
morían porque sus competidores les cortaban las mangueras de
oxigeno; los mas morían lentamente envenenados por el
mercurio que usaban para separar la arena del oro.
Los niños de la aldea, en cambio, jugaban felices en el
lodo, acompañados por unos cuantos monos domésticos y
perros flacos. Había algunos indios, varios cubiertos con una
camiseta o un pantalón corto, otros tan desnudos como los
niños. Al comienzo Alex, turbado, no se atrevía a mirar los
senos de las mujeres, pero rápidamente se le acostumbró la
vista y a los cinco minutos dejaron de llamarle la atención. Esos
indios llevaban varios años en contacto con la civilización y
habían perdido muchas de sus tradiciones y costumbres, como
explicó César Santos. La hija del guía, Nadia, les hablaba en su
lengua y en respuesta ellos la trataban como si fuera de la
misma tribu.
Si ésos eran los feroces indígenas descritos por Leblanc, no
resultaban muy impresionantes: eran pequeños, los hombres
median menos de un metro cincuenta y los niños parecían
miniaturas humanas. Por primera vez en su vida Alex se sintió
alto. Tenían la piel color bronce y pómulos altos; los hombres
llevaban el cabello cortado redondo como un plato a la altura de
las orejas, lo cual acentuaba su aspecto asiático. Descendían de
habitantes del norte de China, que llegaron por Alaska entre