—Porque está en un sanatorio. Además no quiero
separarme de mi papá.
—¿No tienes miedo de la Bestia?
—Todo el mundo le tiene miedo. Pero si viene, Borobá me
advertiría a tiempo —replicó la niña, acariciando al monito
negro, que nunca se separaba de ella.
Nadia llevó a su nuevo amigo a conocer el pueblo, lo cual
les tomó apenas media hora, pues no había mucho que ver.
Súbitamente estalló una tormenta de relámpagos, que cruzaban
el cielo en todas direcciones, y empezó a llover a raudales. Era
una lluvia caliente como sopa, que convirtió las angostas
callejuelas en un humeante lodazal. La gente en general
buscaba amparo bajo algún techo, pero los niños y los indios
continuaban en sus actividades, indiferentes por completo al
aguacero. Alex comprendió que su abuela tuvo razón al
sugerirle que reemplazara sus vaqueros por ropa ligera de
algodón, más fresca y fácil de secar. Para escapar de la lluvia,
los dos chicos se metieron en la iglesia, donde encontraron a un
hombre alto y fornido, con unas tremendas espaldas de leñador
y el cabello blanco, a quien Nadia presentó como el padre
Valdomero. Carecía por completo de la solemnidad que se
espera de un sacerdote: estaba en calzoncillos, con el torso
desnudo, encaramado a una escalera pintando las paredes con
cal. Tenía una botella de ron en el suelo.
—El padre Valdomero ha vivido aquí desde antes de la
invasión de las hormigas —lo presentó Nadia.
—Llegué cuando se fundó este pueblo, hace casi cuarenta
años, y estaba aquí cuando vinieron las hormigas. Tuvimos que
abandonar todo y salir escapando río abajo. Llegaron como una
enorme mancha oscura, avanzando implacables, destruyendo
todo a su paso —contó el sacerdote.
—¿Qué pasó entonces? —preguntó Alex, quien no podía
imaginar un pueblo víctima de insectos.