—Prendimos fuego a las casas antes de irnos. El incendio
desvió a las hormigas y unos meses más tarde pudimos
regresar. Ninguna de las casas que ves aquí tiene más de
quince años —explicó.
El sacerdote tenía una extraña mascota, un perro anfibio
que, según dijo, era nativo del Amazonas, pero su especie
estaba casi extinta. Pasaba buena parte de su vida en el río y
podía permanecer varios minutos con la cabeza dentro de un
balde con agua. Recibió a los visitantes desde prudente
distancia, desconfiado. Su ladrido era como trino de pájaros y
parecía que estaba cantando.
—Al padre Valdomero lo raptaron los indios. ¡Qué daría yo
por tener esa suerte! —exclamó Nadia admirada.
—No me raptaron, niña. Me perdí en la selva y ellos me
salvaron la vida. Viví con ellos varios meses. Son gente buena y
libre, para ellos la libertad es más importante que la vida
misma, no pueden vivir sin ella. Un indio preso es un indio
muerto: se mete hacia adentro, deja de comer y respirar y se
muere —contó el padre Valdomero.
—Unas versiones dicen que son pacíficos y otras que son
completamente salvajes y violentos —dijo Alex.
—Los hombres más peligrosos que he visto por estos lados
no son indios, sino traficantes de armas, drogas y diamantes,
caucheros, buscadores de oro, soldados, y madereros, que
infectan y explotan esta región —rebatió el sacerdote y agregó
que los indios eran primitivos en lo material, pero muy
avanzados en el plano mental, que estaban conectados a la
naturaleza, como un hijo a su madre.
—Cuéntenos de la Bestia. ¿Es cierto que usted la vio con
sus propios ojos, padre? —preguntó Nadia.