EL CHAMÁN
La tormenta cesó tan súbitamente como había comenzado,
y la noche apareció clara. Alex y Nadia regresaron al hotel,
donde los miembros de la expedición estaban reunidos en torno
a César Santos y la doctora Omayra Torres estudiando un mapa
de la región y discutiendo los preparativos del viaje. El profesor
Leblanc, algo más repuesto de la fatiga, estaba con ellos. Se
había pintado de insecticida de pies a cabeza y había
contratado a un indio llamado Karakawe para que lo abanicara
con una hoja de banano. Leblanc exigió que la expedición se
pusiera en marcha hacia el Alto Orinoco al día siguiente, porque
él no podía perder tiempo en esa aldea insignificante. Disponía
sólo de tres semanas para atrapar a la extraña criatura de la
selva, dijo.
—Nadie lo ha logrado en varios años, profesor... —apuntó
César Santos.
—Tendrá que aparecer pronto, porque yo debo dar una
serie de conferencias en Europa —replicó él.
—Espero que la Bestia entienda sus razones —dijo el guía,
pero el profesor no dio muestras de captar la ironía.
Kate Coid le había contado a su nieto que el Amazonas era
un lugar peligroso para los antropólogos, porque solían perder
la razón. Inventaban teorías contradictorias y se peleaban entre
ellos a tiros y cuchilladas; otros tiranizaban a las tribus y
acababan creyéndose dioses. A uno de ellos, enloquecido,
debieron llevarlo amarrado de vuelta a su país.
—Supongo que está enterado de que yo también formo
parte de la expedición, profesor Leblanc —dijo la doctora